duelo gestacional y neonatal

Considera mi duelo

Mi hijo ha muerto, y estoy en duelo.

Quizá no alcances nunca a entender lo que siento. Espero y deseo de corazón que así sea. Pero estoy en duelo, y duele.

Me duele tanto que a veces pienso que no seré capaz de soportarlo. A veces me falta el aire, y a veces me sobra. Me sobra el aire, me sobra el pulso, me sobra el tiempo. Y me falta él.

Necesito que comprendas que no estoy loca, ni deprimida, ni anclada en el pasado. “Tan sólo” estoy en duelo.

Que lo que me ha pasado no tiene nombre. Que he perdido lo que más amaba en el mundo, una gran parte de mí.

Comprende que para mí la vida ya no tiene el mismo sentido, que he visto y he sentido como la naturaleza me traicionaba sin piedad, por la espalda. Que he perdido la inocencia, para siempre.

Entiende que no puedes empujarme a ser la misma de antes, esa ya no volverá. Estoy destruida, aniquilada. Ahora soy desierto, invierno, limbo…soy cenizas en una urna.

Que quizá, durante más o menos tiempo, no quiera salir, ni hablar, ni comer, ni reír. Que es posible que no responda a tus mensajes, a tus llamadas. Entiende que no vaya a eventos que para tí son importantes: para mí son un esfuerzo sobrehumano.

Que es posible que no sea capaz de alegrarme de tus logros, que no pueda celebrar tus momentos de felicidad. Es más que posible que no pueda alegrarme de un embarazo o de un nacimiento. Entiende que también me sentiré mal por esto.

Comprende que no hay consuelo posible, que no hay palabras. Que esto no tiene nombre.

Entiende que ahora me replanteo muchas cosas: mi fe, mi vida, mis sueños. Todo se ha derrumbado, todo.

Necesito que entiendas que él siempre será mi hijo, que jamás podría olvidarlo, pasar página, seguir con mi vida como si nada. Que me gustaría que tú lo tuvieras presente también.

Considera mi duelo.

Yo entenderé si te alejas. Quizá no ahora, pero lo entenderé con el tiempo. Porque no debe ser fácil quedarse al lado de alguien que llora una muerte; porque no debe ser fácil soportar la destrucción de alguien a quién quieres.

Entenderé que no entiendas, casi me alegraré de que no lo hagas. Porque, ya sabes, esto sólo lo puede comprender  quien lo vive en su propia piel.

Comprenderé que no sepas cómo ayudarme. Yo tampoco lo sé.

Pero si decides quedarte, si al final te quedas conmigo a recoger pedazos, te estaré eternamente agradecida. Quizá no ahora, ahora no sé ni porqué respiro. Estoy segura de que, con el tiempo, recuerdo tu presencia en mi infierno.

Sólo necesito de ti…

…que no dejes de llamarme para tomar ese café, aunque siempre me niegue.  Llegará el día en que acepte, y será gracias a ti.

…que intentes entender, aunque no puedas.

…que me dejes hablar. Que me dejes saborear este dolor que es tan mío y que, por ahora, es lo único que creo tener de mi hijo.

…que no hagas ni digas nada, no hace falta. Sólo quédate.

Necesito encontrar una mirada serena cuando hablo de él. Unos oídos pacientes, unos brazos que me acojan y sostengan, un corazón dispuesto a acompañarme. Que me dejes llorar. Que me esperes en silencio mientras lloro.

Necesito que sepas que, cuando hablas de él, no me lo estás “recordando”, no estás avivando mi dolor. No hay un sólo segundo de mi vida en el que yo deje de recordarlo. Pero cuando escucho su nombre en otra voz, me siento bien. De verdad, me siento bien. Me gusta saber que también lo recuerdas y que también lo añoras; me gusta saber que no sólo existió en mí.

Necesito hablar de él para no ahogarme en mis pensamientos, necesito darle forma a todo esto, ponerle nombre. Y me gustaría hacerlo sin provocar una sacudida en ti, aunque sé que no puedo pedirte tanto.

Necesitaré ayuda, quizá necesite que me ayudes a encontrarla.

Y necesitaré tiempo. Sé que algún día saldré de esto y lo haré renovada, con otra luz, con otra fuerza. Sé que él me guiará en mi nuevo camino. Sé que recogeré mis ruinas, mis cristales rotos, y crearé algo nuevo.

Pero necesito tiempo, aún no sé cuánto. Tiempo para sanar, para transformar mi dolor en amor, para darle un lugar a mi hijo en mi nueva vida. Te pido paciencia, amor y comprensión.

Considera mi duelo, respétalo y ayúdame a que yo misma lo respete.

 

Gracias a las personas que supisteis estar a mi lado, ya sabéis quiénes sois. A Sonia, a Andrea, a Adriana.

Gracias a las personas que quisisteis estar, pero encontrasteis en mi sólo un muro.

Gracias también a las que no pudisteis/supisteis/quisisteis. Ahora lo entiendo.

 

Este post está inspirado en un texto de Jorge Bucay, en el libro “El camino de las lágrimas”, llamado “Carta a mi mejor amiga”. No he encontrado el texto original, pero comparto un post de unas compañeras en el que lo incluyen:

Carta a mi mejor amiga.

También lo he escrito recordando un video que me llegó en pleno duelo y que siempre me ha hecho reafirmarme en mis sentimientos. Uno de los imprescindibles:

Considera mi duelo

 

Gracias.

 

duelo gestacional y neonatal·embarazo arcoiris

Relato: Los arcoiris de Elena

Yo tengo dos arcoíris.

Mi hija mayor terrenal tiene 8 años. Su embarazo fue con miedo hasta la semana doce, pues la pérdida del anterior embarazo fue en la semana ocho. De ahí hasta la semana veinte fue todo genial, pero entonces empezó otro calvario: le detectaron a mi hija una displasia en el riñón izquierdo. El ginecólogo que hizo esa ecografía nos dijo, literalmente, que era muy grave, y que seguramente perdería el riñón al nacer. Pedimos segunda opinión y si, era cierto que tenia esa afectación, pero nos aseguró que era algo que seguramente se arreglaría sólo al nacer. Por supuesto, dadas nuestras circunstancias y nuestra experiencia anterior, aún con el segundo diagnóstico ya no estuve más tranquila del todo. Nada más nacer, a mi hija le administraron antibióticos. Los tuvo que tomar durante quince días por ese motivo. Luego tuvo revisiones del riñón hasta los 6 meses.

Tras esta experiencia, a parte del miedo hasta superar el primer trimestre, empecé a sentir pánico a la llegada de la ecografía de las veinte semanas. Y mi destino me llevó a que perdí a mi hija Marta, con la ecografía morfológica programada pero muerta a las diecisiete; y después Ona y Abril, mis gemelas, que murieron a las quince semanas justo cuando iban a programármela.
Después de estas pérdidas seguía sumando miedos. Ahora también tenía miedo a no llegar al ecuador del embarazo y, si llegaba, miedo a que me dijeran que algo no iba bien. Y miedo en general, a cualquier ecografía, a que me dijeran que mi bebé estaba muerto. Había visto demasiados bebés muertos ya en ese maldito aparato.

Tras dos pérdidas tempranas más llego mi ansiado segundo arcoíris. Me gustaría decir que fue un embarazo feliz y tranquilo, pero mentiría y mucho. Vi mi positivo y no estaba ni contenta, ni triste, ni nada. Sólo pensaba “para qué vas a sentir nada, si también se va a morir“. En este embarazo me tenía que poner a diario cuatro óvulos, tomar una pastilla y picharme heparina para prevenir que no pasara de nuevo. Daba igual. No confiaba en nada de nada.

Fui a la primera eco de seis semanas dando por hecho que dirían que o no había nada, o estaba muerto. Y me dijeron que todo estaba bien, pero igualmente no logré conectar ni emocionarme. Es triste lo que cuento, pero seguía pensando que no duraría. Me hacían ecografías de control cada quince días, y cada vez que íbamos le decía a mi marido que si el bebé estaba muerto, nunca más me quedaría embarazada. Pero quería otro hijo, así que me empezaba a plantear la opción de adoptar.

En la semana diecisiete, ya me puse a llorar en cuanto me pusieron el gel frío en el vientre. Mi mente se despedía para siempre de mi bebé. De esa semana ya no pasaríamos. Por suerte, enseguida me dijeron que el bebé estaba bien y la verdad, fue una bendición, porque cuando pasé esa ecografía fue cuando dije a la gente (incluso a la familia) que estaba embarazada.

A partir de ahí no diré que fue todo fácil, pero si pasé una etapa importante y el hecho de traspasar mi barrera psicológica, coincidiendo con el momento que empiezan a notarse más los bebés, me tranquilizaba. Aunque también es verdad que a la que no la notaba en un tiempo mi mente se iba a pensamientos más oscuros. Entonces ponía música y no fallaba, se movía.

Hacia el final de mi embarazo yo ya estaba otra vez con mucha ansiedad por miedo a que pasara algo. No entiendo el motivo, porque mis pérdidas no fueron en embarazos tan avanzados, pero el caso es que me pasó así. A esa ansiedad tuve que sumar que mi abuela enfermó, y estando yo de treinta y ocho  semanas murió.

Mi arcoíris nació en un parto horrible. Fue rápido,  pero hacia el final hizo bradicardias y acabé llorando a grito pelado que no quería que se me muriera otra hija. Y me hicieron caso, y apareció un montón de gente para ayudarnos, y en dos segundos con dos pujos míos salió mi hija pequeña. Mi segundo arcoíris. Último embarazo para siempre.

Me da mucha pena decirlo, pero mi experiencia en la maternidad no ha sido la típica bucólica y bonita, desde el segundo embarazo ya tenía mil miedos. Y al séptimo y último llegué con muchos más miedos, que hicieron que a nivel psicológico no fuera nada sencillo.

Pero pese a todo, mereció la pena, porque tengo a mis cinco hijas, tres de ellas invisibles, y unas cuantas estrellas que hacen mi cielo más brillante.

embarazo arcoiris

Belly Painting. Un recurso para reforzar el vínculo.

En mi anterior post (puedes leerlo aquí) os hablaba de lo que supone, desde mi punto de vista, estar embarazada de nuevo después de perder un bebé. Como en todo, cada mujer lo sentirá de una manera distinta, y cada situación se puede abordar desde muchos ángulos. Pero si que hay un aspecto que suele ser común, y es la preocupación que puede existir con respecto al vínculo con este nuevo bebé que se está gestando.

Cuando estamos de nuevo embarazadas, no dudamos de que sentiremos por este hijo un amor infinito. Pero puede preocupar el hecho de no vincularse con él durante el tiempo que dura el embarazo. Sentimos miedo de “encariñarnos” y que también muera, porque ya sabemos que eso es algo que escapa a nuestro control y que puede pasar. Así, muchas mujeres temen hablarle, enamorarse de nuevo. La mayoría no anuncian su nuevo embarazo hasta que éste está muy avanzado. Pero los remordimientos y la culpa también suelen aparecer, porque podemos sentir que no le estamos dando a este hijo todo el amor que merece. Es una situación difícil a nivel emocional y en la que nos sentimos incomprendidas por gran parte de la sociedad.

Hoy os quiero traer un recurso precioso para reforzar ese vínculo, para dedicarte un tiempo para ti y tu nuevo embarazo. Os hablo del Belly Painting.

Hace un par de meses, me llegó un mail de Patricia, de Belly Painting Valencia, en el que me decía que podríamos colaborar de alguna manera. Y se nos ocurrió esto. Ella trabaja con las embarazadas en su estudio, les realiza una sesión de pintura en sus incipientes barriguitas (o “barrigotas”), y después hacen una sesión de fotos. Cuando entré en su web, quedé fascinada. El trabajo es espectacular, y el arte y la emoción que transmite es inmenso.

Así que nos pusimos a pensar, y ella recordó que hace unos meses realizó una sesión a una mamá, Mayte, que estaba embarazada de su bebé arco iris. Le pedimos un escrito, y aquí os lo traigo:

Después de la tormenta siempre llega la calma

“El arco iris siempre me ha parecido un fenómeno meteorológico de lo más curioso y bonito, pero desde hace dos años para mí tiene un significado mucho más especial. Desde hace casi dos años somos papás arcoíris. En el 2014 nuestra primera hija Chloe murió, estaba embarazada de siete meses.

A los bebés que nacen sin vida se les llama bebés mariposa. Chloe se puso sus alitas, le dimos sus primeros y últimos besos y se fue directa a su estrella dejándonos un enorme vacío en el alma y sumidos en una gran oscuridad. Recordar su preciosa cara era el único momento de paz que teníamos. Cinco meses después nos llegó su gran regalo, su rayito de luz, de nuevo éramos papás. Y digo éramos porque el amor no empieza con la vida ni acaba con la muerte, desde ese instante nos acabamos de convertir en papás de un precioso arcoíris.

Los bebés arcoíris son los que nacen después de una pérdida, los que devuelven a las familias la luz, la alegría, la esperanza, sin olvidar la tormenta anterior, por lo que hemos pasado.

Fue un embarazo precioso lleno de miedos, no lo voy a negar. Cada ecografía era un infierno. Pero lo disfrute al máximo, hice de todo con mi barriga, fotos, moldes, pinturas…quería tener todo tipo de recuerdos. Así es como conocí a Belly Painting Valencia, ellas me pintaron la barriguita con la temática que más nos podía identificar, el arcoíris. Las fotografías de esta sesión reflejan el amor que sentimos hacia nuestras hijas. Quería compartir con mi niña la felicidad que sentía cada día.

¡Si! ¡De nuevo niña! Ella iluminaba nuestros días y hacía crecer la esperanza, esta vez, todo iría bien. El 5 de agosto del 2015, en el mismo hospital donde su hermana nos dijo adiós, le dimos la bienvenida a nuestro arcoíris, tras un largo parto que acabó en cesárea supongo que por mi bloqueo emocional.

Audrey llegó para quedarse. Y nuestro mundo nada más verle la cara se llenó de color. Esa sensación de pureza, como el olor a tierra mojada cuando llueve… como el brillante arcoíris que se dibuja en el cielo tras una horrible tormenta. Esa es la sensación.

Es el sentimiento que te recorre el cuerpo cuando tienes a tu bebé en brazos, mirándote, y recordé inevitablemente a Chloe… y le di gracias por este maravilloso regalo, porque su tormenta no sólo han sido truenos y oscuridad. Porque su partida nos ha hecho apreciar aún más la vida.

A menudo la gente te dice que con el nuevo bebé podrás superar la pérdida y se equivocan, nunca se supera la muerte de un hijo, sino que se aprende a vivir con ello. Los arcoíris nos ayudan a levantarnos por la mañana con un motivo más para sonreír.

Soy Mayte, mamá de Chloe y Audrey. En el cielo y en la tierra.

Este precioso texto es el relato de una madre que ha vivido la muerte y la vida de sus dos hijas. Y suscribo cada palabra, cada emoción, porque yo también lo sentí así.

Un nuevo embarazo después de una pérdida no es fácil de sobrellevar, pero como veis, hay maneras de disfrutar también de este nuevo proceso con ilusión y entusiasmo, para contrarrestar el miedo, para pelear contra la sombra de la muerte.

Espero que os haya gustado leer a Mayte tanto como a mí, y espero que este recurso que os traigo os pueda dar una idea para vivir plenamente vuestro embarazo arcoíris.

Gracias  a Patricia de Belly Painting Valencia y gracias a Mayte por su enorme colaboración.

 

arcoíris·Nuevo embarazo

¿Qué es un bebé arco iris?

Un bebé arco iris Es un nuevo bebé que nace después de la pérdida de uno anterior. Es el entendimiento de que la belleza de un arcoíris no niega la ferocidad de la tormenta. Cuando aparece un arcoíris no significa que la tormenta nunca sucedió o que la familia no está lidiando con su dolor. Lo que significa es que algo hermoso y lleno de luz apareció en medio de la obscuridad de las nubes. Las nubes de la tormenta pueden todavía amenazar, pero el arcoíris provee un balance de color, energía y esperanza.” (www.maternidadarcoiris.com)

Así es. Después de una o varias pérdidas, un nuevo embarazo trae de vuelta una pequeña rendija abierta a la esperanza, a la ilusión. No es un final feliz, ni mucho menos. Es un nuevo comienzo, un nuevo paso adelante. La potencia que traen las ganas de dar vida.

Pero no es fácil. Normalmente, estos embarazos vienen cargados de miedo, de inseguridad, de ansiedad. Se vive en un viaje constante entre la alegría y la nostalgia, entre lo que no pudo ser y lo que quizá sea. Porque llegados a este punto, ya sabemos que nuestros hijos pueden morir, que un test positivo no es igual a un bebé en brazos. Porque se pierde la inocencia, y creo que es para siempre.

Durante estos nueve meses, la familia se puede sentir incomprendida. Si, incomprendida. Porque mientras los de alrededor ven “el problema resuelto”, ellos saben que no es así. Que su nuevo bebé no puede sustituir al que murió; que por más hijos que tengan, no olvidarán su pérdida; que el hijo que se fue ocupa un lugar tan grande en su corazón, que no puede ser reemplazado por nada. Nos enfrentamos de nuevo a nuestro querido tabú, a nuestras queridas frases hechas, al “ahora ya seréis felices”. A todo esto, que ya nos acompaña en el duelo y que no deja de estar presente en un nuevo embarazo.

Muchas mujeres dicen tener miedo a vincularse con el bebé que viene en camino. Es un sentimiento contradictorio porque, por una parte, tienen miedo de vincularse y que también esté bebé muera; pero por otro, tienen miedo de no hacerlo, y que muera, y no haberle dado el amor que merecía mientras estaba aquí. De hecho, muchas parejas no anuncian su nuevo embarazo hasta que éste ya está muy avanzado. Es una época de caos emocional, de culpa, de pena…pero a la vez, de luz.

¿Cuántas veces hemos escuchado eso de “No te pongas nerviosa, que se lo pasas al bebé”? Bien, pues una mamá que tiene un nuevo bebé en su vientre, inevitablemente va a vivir momentos de ansiedad, y tiene derecho. Todo el derecho del mundo. Y no debería sentirse mal por ello.

Se dice que los bebés arco iris son especiales, que tienen un brillo diferente. Y yo creo que es cierto. Estos bebés se gestan entre el miedo, entre miles de nervios, a menudo entre visitas constantes al médico. Frecuentemente se enfrentan a partos poco respetados, por la misma razón: el miedo a que todo salga mal, la presión social para dejarte llevar por las manos médicas, que son “las que saben”. Porque cuando llegas al hospital con un antecedente de muerte gestacional o neonatal, quedas catalogada como “alto riesgo”, como un sello grabado a fuego en la frente.

Y todo eso, estoy segura, influye. Y nacen fuertes pero sensibles, con una responsabilidad que no les toca pero que sin querer les atribuimos. La responsabilidad de quedarse, de aplacar el dolor, de llenar un poco el vacío. Vienen también con la certeza de que la vida es un regalo, que no hay nada que te pueda garantizar que mañana estarás aquí.

Gary, como ya sabéis, es un bebé arco iris. Él llegó para quedarse dos años y medio después de la muerte de su hermano. Y durante su embarazo, no hubo ni un sólo día en el que durmiera tranquila y confiada. Ni uno, os lo aseguro. Me pasaba el día pendiente de sus movimientos, los contaba, y si había algún rato en el que no se movía, me daba golpecitos o comía algo muy dulce para que despertara. Podéis leer el post en el que cuento su embarazo aquí.

Tenía control en dos ginecólogos diferentes; cada dos semanas, tres a lo sumo, ecografía; me pinchaba la heparina a diario desde el inicio del embarazo, me cuidaba, iba a nadar, no comía ninguna de las mil cosas prohibidas para embarazadas… Era pura ansiedad y pura obsesión. Recuerdo que acudía siempre a las ecografías con un nivel de ansiedad muy alto, que después, al ver que todo estaba bien, me relajaba. Pero al día siguiente, vuelta a empezar. Un caos emocional absoluto, y una culpabilidad tremenda.

Culpabilidad también por Jael, porque de repente me veía inmersa en una nueva ilusión y sentía que lo estaba reemplazando. Ese sentimiento de “si tu no te hubieras ido, Gary no estaría aquí”. Y la verdad es que es cierto, Gary no estaría aquí de no ser por la muerte de Jael. Podría haber tenido otro hijo en el mismo momento, pero no sería Gary.

 

Así que de ese vértigo, nació mi segundo hijo. Y sin ánimo de etiquetar, es un niño especial. Es un niño inquieto y nervioso, porque se gestó en una cuna inquieta; es un niño que consuela, porque me escuchó llorar mil veces; es un niño cariñoso y sensible, porque sabe que lleva dentro el amor de dos; es seguro, porque sabe que no hay niño en el mundo más deseado y amado que él; y es un niño que tiene una luz diferente, porque se necesita mucha luz después de una tormenta.

Sé que pensaréis que todo esto es amor de madre puro y duro, que también. Pero es que no sólo lo veo en Gary, lo veo en todos los niños que han nacido después de la muerte de su hermano. Lo veo en Max, en Eluney, en Nahual. Lo veo en Eric, en Darien, en Elia. En todos. Cada uno en su forma y cada uno a su manera, pero son especiales.

Para terminar, decir que no tenemos porqué pasar por esta etapa solas. Hay recursos, hay opciones, hay profesionales dispuestas a escucharte. En concreto os recomiendo a una buena amiga, Anna Escudé, y a su proyecto Maternidad Arcoíris. Con él os tiende la mano para transitar por este camino de dudas, desde una visión respetuosa y amorosa, y desde la experiencia propia que le han otorgado sus cinco hijos.

“Que la luz del Sol se abra paso entre las nubes y te permita ver el más bello de los arcoíris”

Gracias.

 

 

duelo gestacional y neonatal

No quiero olvidar

La otra noche tuve un sueño de esos que trascienden, que aprietan el recuerdo, que erizan el vello. Esos sueños que llegan sin motivo aparente y que desmontan la realidad a la que estamos acomodados.

Soñé que tenía otro hijo. Su nombre, Óscar. No sé porqué Óscar, pero ese era su nombre. Así de real era el sueño.

Soñé que todo se repetía: una cesárea con anestesia general, un bebé muy prematuro. Yo estaba de pie, a las puertas de una sala en un pasillo oscuro, y Raúl me decía que nuestro hijo se moría. Y yo, en mi estado de semi-inconsciencia, me decía a mí misma que no podía estar pasándome esto otra vez. Que ni siquiera me había dado tiempo a verlo, que solamente tenía un día. Que no conocía a mi hijo y ahora se estaba muriendo. Y sentí la prisa, la urgencia por abrazarlo, por acompañarlo en su muerte como hice con Jael. Y sentí que esta vez sabía lo que tenía que hacer, porque no era la primera vez. Me vi en este sueño elaborando una caja de recuerdos, buscando una cámara para hacerle fotos, pensando cómo sería el entierro.

Pero lo que más me asombra es que sentí el dolor intenso otra vez, la demolición de mi mundo, otra vez. Lo sentí tan cierto, tan real, que cuando desperté me costó creer que sólo había sido una pesadilla. Y me costó, también, descubrir que esa pena tan inmensa se había disipado en mi vida.

La verdad, no sé cómo he sido capaz de “olvidar” eso. No sé cómo, pero he sido capaz de recomponer todos esos pedazos y seguir con mi vida. No con la vida de antes, con una nueva y completamente diferente, ajena a la inocencia que te da un primer embarazo.

Y me di cuenta de que no quiero olvidar eso. No quiero olvidar esas lágrimas, ese dolor tan intenso, ese pellizco en el alma. Esa pena desgarradora que te hace gritar y sollozar en la ducha. No quiero olvidar lo que se siente cuando te despides de lo que más amas, lo que es estar dentro del pozo.

Pero lo cierto es, que aunque jamás se olvida, ese desastre emocional se difumina con los años. Recuerdo que las chicas del grupo me lo decían: “Todo esto pasará”, “Un día no dolerá tanto”. Y al principio, no las creía, no podía creerlas. Tampoco quería creerlas, porque para mí Jael era eso, dolor. Lo sentía como “mi deber como madre”, y si el dolor se iba…¿Qué clase de madre sería si era capaz de volver a ser feliz sin él? Pero esa es la gran verdad del duelo, que no dura eternamente, que poco a poco se va transformando y tan sólo te queda el amor y quizá un poco de nostalgia por lo que pudo ser y no fue.

El caso es que la sacudida que me trajo Óscar en un sueño me ha hecho reflexionar. Me ha traído sentimientos enterrados, recuerdos oscuros de las lágrimas que vivimos. Y cuando digo que no quiero olvidar no me refiero a que quiero vivir en ese dolor para siempre, ni mucho menos. Aunque quisiera, no creo que pudiera, porque hoy Jael es mucho más que muerte, mucho más.

Pero si quiero recordar de dónde viene esta nueva Yo, cuáles son los cimientos en los que se apoya mi nueva vida. Quiero recordar esto al acercarme a otra madre que pasa por ello ahora mismo, poder ponerme en su piel de verdad, ofrecer un abrazo sincero y una visita a ese mundo en el que yo ya estuve. No quiero quedarme en el “Un día dolerá menos”, porque se que es cierto y se que puede reconfortar, pero hasta que ese día llega, hay mucha oscuridad y mucho miedo.

Y sobretodo, sobretodo, quiero quedarme con todo lo que trajo Jael a mi vida, también con el recuerdo de esa pena devastadora, aunque hoy sólo sea un recuerdo.

Es curioso, nunca sueño con Jael aunque lo deseo con todas mis fuerzas cada noche, antes de dormir. Quién sabe, quizá este sueño haya sido un guiño suyo 😉