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Un domingo cualquiera

Los domingos papá trabaja mucho, gracias a sus maravillosos jefes. Gary y yo lo esperamos por la mañana y, cuando llega, nos vamos de paseo. Hoy papá ha llegado más tarde y el paseo se ha quedado en vueltecita a la Dana para que haga sus cositas (Dana es nuestra perrita). Pues menosmal. Gary se ha pegado una torta de campeonato. Porque resulta que a mi niño le encanta bajar la cuesta corriendo como si no hubiera mañana y llegar hasta una tapadera de esas de metal que hay en la acera. Porque saltar ahí mola mucho. Pero aún no sabemos saltar bien. Y no sé si ha sido porque estrenábamos bambas y estamos calibrando, pero el caso es que se ha caído medio en plancha y ha aterrizado con su monísima naricita en el suelo. Y además, lo veíamos venir. Cuando he empezado a ver salir sangre he tenido que controlarme para no llamar a una ambulancia, y yo no soy de las dramáticas. He respirado hondo y me he limitado a limpiarle la nariz con un pañuelo. 
Os podéis imaginar el enfado monumental, aunque hay que decir que se le ha pasado un poco en cuanto papá le ha dado chocolate. Ese es nuestro medidor de daños: si con chocolate no se pasa el llanto, corre. Además, estos días ha tenido conjuntivitis, así que entre los ojos y la nariz que parece una patatita roja, mi niño está hecho un cromo.

Y está muy enfadado. Y cuando Gary se enfada, los días se puede hacer muy largos. Y papá se va a trabajar otra vez.
Se ha levantado de la siesta y ha comido. Si, hoy ha comido después porque del enfado se ha quedado frito. Hasta aquí bien, haciendo sus gracias y diciendo “que asco”, que es la nueva frase aprendida. Y después, a jugar. Mientras, mamá ha estado cocinando. Puré de calabacín, berenjenas y sofrito para lo que sea (que siempre va  bien tenerlo hecho). Pues se ha pegado otra. Su nuevo juego es saltar del sofá a la trona y de la trona al sofá, y en una de esas se ha caído de cabeza. Nada grave, pero otro enfado. 
Y se ha pillado los dedos con una puerta. Flojito, pero otro enfado y gordo. 

Estoy algo cansada, así que lo siento, pero hoy vas a tragar dibujos de lo lindo. Patrulla Canina, ahí lo llevas. Se sienta en el sofá y me doy cuenta de que cuando le he cambiado el pañal no le he abrochado el body, así que lo lleva por fuera y se está bajando el pantalón para quitarse el pañal y liarla un poco. Me siento a su lado con sonrisa de súper mamá de anuncio y me grita. ¡Me ha gritado para que no me siente a su lado! No me puedo creer que la pre-adolescencia haya llegado tan rápido. Por favor, no estoy preparada. 
Así que me voy y sigo a lo mío, lo dejo con sus cosas. Pero lo veo paseando por el comedor, con la barrigota al aire y con cara de “hago lo que me da la gana”, y no puedo evitarlo. Voy a comérmelo a besos y a mordiscos aunque me grite, me da igual. Él se lo ha buscado.

Son las 18:00, papi llega y veo el cielo abierto. Hoy estoy deseando ponerle el pijama. O mejor, vamos a casa de los yayos y que se lo pongan.

Y a pesar del día, de los golpes que me duelen más a mí que a él, del estrés, de los llantos…estoy enamorada de ellos, de mis chicos, y de mi vida. Pero me voy a la ducha, tranquila y sola. Sobretodo sola.

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