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El parto de Gary (o la "Innecesárea")

Están a punto de cumplirse dos años del mejor día de mi vida. El día en que por fin pude sostener la vida entre mis brazos con la seguridad suficiente como para permitirme ser feliz. El día que pude sentir por primera vez como mi cachorro se alimentaba de mi pecho, y me miraba con esos ojos que tienen los que se enamoran a primera vista. Pero un amor del que arrasa con todo y quema las entrañas.
Sabía lo que era amar a un hijo. Lo que no conocía era la tranquilidad de que ya nada ni nadie lo iba a separar de mí. Ni siquiera la muerte. Esta vez no.
Pero el amor hacia un hijo lo conocemos todas las madres, de una u otra forma. Lo que yo os quiero contar es otra cosa. Lo que yo quiero que sepáis de mi esta vez es el “cómo”. Cómo llegó Gary a la vida extrauterina.




Mi embarazo no fue fácil a nivel emocional como ya expliqué en el post “Arco Iris en Camino”. Pero a parte de esto, desde el primer día fue considerado embarazo de riesgo. Y todos éramos conscientes, sobretodo yo. Mis antecedentes obstétricos no tienen desperdicio (os lo contaré en otro momento). Por eso no perdí el tiempo y enseguida conseguí que me derivaran a la unidad de Alto Riesgo Obstétrico (ARO) del hospital de Granollers, dónde me recetaron la heparina desde la séptima semana de embarazo y hasta seis semanas después del parto. Heparina que yo ya sabía que habría de pincharme cada día, hasta parecer un colador si era necesario.
¿El porqué de la heparina? Una trombosis venosa profunda en mi pierna izquierda en el año 2008. Quizá la falta de esta medicación al principio del embarazo de Jael fue la causante del maldito hematoma. Nunca lo sabremos. De ahí mi prisa por inyectármela.
De ARO de Granollers me derivaron a ARO de la Vall d’Hebron. Bien, mis salvadores. Todo rapidísimo y con una delicadeza increíble. Hasta que llegué al doctor del Vall, claro.
Un doctor al que en cada consulta debía repetirle todos mis problemas ginecológicos, todas mis operaciones y todo lo que pasamos con el nacimiento y la muerte de Jael. Que digo yo, que para algo tienen un historial. Un señor serio, que según el humor que tocaba ése día así eras tratada. Un profesional por lo visto de renombre, pero de poca humanidad para mi gusto.
A nivel físico el embarazo iba sobre ruedas. Puedo decir que fue casi perfecto. Para mi las náuseas, la ciática y la heparina eran gloria bendita y no me importaba. Me parecía un precio mínimo si la recompensa iba a ser tan inmensa.
Pero hacía la mitad del embarazo me topé con un “pequeño obstáculo”. El maravilloso doctor me miró muy serio y me dijo:
– Vamos a ver. Dos miomectomías, una embolización de arterias uterinas, una trombosis y una cesárea. Y querrás parto natural supongo.
– Sí, claro.
-Pues no.

A lo que yo contesté con un tímido pero rotundo: “Bueno, lo que usted diga”. Cesárea programada. Si hubiera sabido en aquél momento todo lo que sé ahora mi respuesta hubiera sido otra, pero el miedo de volver a perder un bebé se apoderó de mí y no pude hacer otra cosa que dejarme llevar. Lloré bastante.Tengo que decir también que Raúl insistió algo más, pero la respuesta del Doctor era una negativa impasible, y acobardaba llevarle la contraria.

De modo que programaríamos una cesárea a la semana 39, pudimos elegir incluso el día, como si se tratara de un empaste o de una limpieza facial. Y mi miedo era atroz.
Porque ya había pasado por una cesárea (de las necesarias) y por varias operaciones similares y conocía el dolor de la recuperación; porque conocía los riesgos que nos suponían tanto a Gary como a mí; y porque en este hospital tendría que pasarlo sola.
Hice todo lo que pone en los libros sobre como ayudar a desencadenar un parto. Por lo menos quería que la llegada al mundo de mi bebé fuese un poco menos brusca, pero nada. Llegué a la fecha límite sin haber sufrido ni una sola contracción de las fuertes. Y además, para ponerle más intriga, me dediqué a ver videos en YouTube de cesáreas, y creo que ese ya fue el remate para mi miedo. Terror absoluto.

Así que con un embarazo casi perfecto (a nivel físico) y con mis temores en la bolsa del hospital, ingresamos el día 10 de julio a las 9 de la mañana. Entré a una sala de boxes, y Raúl pudo entrar conmigo. Allí eran todo enfermeras entrando y saliendo, preguntas, monitores, vía, analítica, electrodos…yo sólo quería salir de allí. Tenía hambre y sed, y nervios. Muchos nervios. Y mucho miedo.

Habíamos unas cuatro parturientas en esa sala y me tocó el primer turno. Sí, era algo surrealista, como si fuéramos a la compra.
Recuerdo perfectamente el momento en que entré a quirófano y me separaron de Raúl. Yo sólo quería estar con él, que fuera el primero en ver a su hijo. No quería estar sola! Y  me puse a llorar como una niña, desconsoladamente, y así estuve todo el tiempo.
Recuerdo que una enfermera dijo: “¿Y ésta, porque llora ahora? Porque tengo miedo. Porque perdí un hijo una vez y puedo volver a perderlo. Porque me vais a rajar el vientre. Y no hay nadie que me quiera aquí para consolarme.
Lo único que deseaba en ese momento era la mano de Raúl en mi frente asegurándome que todo iba a salir bien.

Me pusieron la epidural, me tumbaron, me ataron los brazos y empezaron las náuseas. Vomitar acostada y atada es muy difícil y muy desagradable. Afortunadamente aquí apareció la comadrona, que me puso un “suerito” y puso su mano en mi frente. No era Raúl, pero era alguien.

El procedimiento, veinte angustiantes minutos de olor a carne quemada, tirones, risas de los médicos y Kristellers de ésas que, si tienes suerte, te dejaran las costillas doloridas un par de días. Me sentía un trozo de carne en el matadero.

Hasta que lo vi. Me pareció un bebé precioso y enorme. Gary ya estaba aquí. Me lo pusieron al lado pero poco podía hacer yo con los brazos atados en cruz, solo darle algún besito. Y se lo llevaron, en la misma sala pero detrás de mí.
Gary lloraba pero de manera muy entrecortada. Yo sabía que no estaba del todo bien. Y entonces escuché a la matrona llamar a los pediatras, nerviosa, y empezó a entrar gente y gente al quirófano. No podía ver bien lo que le estaban haciendo. Y me repetía a mí misma: “Otra vez no, otra vez no…”
Gary tuvo dificultades para respirar y por lo visto esa es una de las complicaciones que se pueden dar cuando hay una cesárea. Él no estaba listo para nacer, creo que esa fue su forma de decírnoslo. Afortunadamente todo quedó en un susto. Llevaron al bebé con papá inmediatamente mientras a mi me cosían, y antes de diez minutos los tres estábamos juntos. Sólo fueron diez minutos, pero son demasiados. Nadie debería separarnos de nuestros hijos nada más nacer, nadie. Gary se agarró al pecho de un modo casi perfecto, y me sentí la mujer más feliz del mundo. Nadie más nos iba a volver a separar JAMÁS.






Sí que fue el mejor día de mi vida. Pero no fue el parto con el que siempre había soñado. No siempre el fin justifica los medios. Por supuesto que mi prioridad era tener a mi hijo conmigo, tenerlo vivo y sano. Creo que no hace falta que lo diga. Pero hoy sé que se podría haber hecho de otra forma. Y lucharé para que mi próximo parto (cuando sea el momento) sea muy distinto.

Respeto todo tipo de decisiones en lo que respecta a la maternidad, pero no puedo evitar sentir escalofríos cuando oigo a las mamis primerizas decir que van a rogar por una cesárea. Es muy desagradable, en serio. No es un procedimiento bonito, ni sano, ni respetuoso contigo ni con el bebé. No es lo ideal y por supuesto, que no os quepa ninguna duda, no es indoloro. La recuperación es mucho más lenta y difícil y la cicatriz te puede doler intensamente durante semanas.

Muchas cesáreas salvan vidas, y esto es así, pero muchas se hacen por comodidad. Son las llamadas “innecesareas”, y la nuestra fue una de ellas. Este doctor al que tanto veneraba no me salvó la vida. Ni a mí ni a  mi bebé. Él no fue el que logró que Gary naciera sano y salvo.

Fui yo, fue mi útero. Fue Gary.


PD: Por cierto, ¿sabíais que Gary nació un jueves a las 11:20? Jael también.

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