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Miomas. Cuando la regla se convierte en enfermedad.

Aunque suene a tópico, mi sueño siempre fue ser madre. Nunca me imaginé sin hijos, no podía concebir esa idea. Veía a los bebés por la calle y mis ojos iban detrás, atraídos por el magnetismo de sus monerías. Pero la vida me quiso poner a prueba durante mucho tiempo, porque esto funciona así: antes de tener algo, has de lucharlo y pagar un precio. Y aunque no todos pagamos el mismo precio, y aunque considero que el mío fue muy alto, yo estaba dispuesta a todo por conseguir mi sueño.

Con 17 años empecé a sentirme mal cada vez que me venía la menstruación. Notaba que cada vez tenía más pérdidas, mis reglas eran más largas y el dolor que sufría, además de hacerse cada vez más intenso, no era el tipo de dolor al que yo estaba habituada. Era algo distinto, parecía como si me estuvieran “pellizcando” por dentro. Es complejo de explicar, pero aún puedo sentirlo. Me diagnosticaron un mioma intramural submucoso, después de muchas pruebas y de la amenaza entre líneas de que aquello no fuera sólo un inofensivo mioma. Un mioma es un tumor benigno que aparece en las paredes del útero y se alimenta de las arterias del mismo, y según dónde esté localizado será más sintomático y más o menos difícil de operar. Para que lo entendáis un poco mejor os dejo un enlace aquí. El caso es que resultó que el mío era de los peores, con la peor sintomatología, con el peor pronóstico y, además, un caso raro dónde los haya porque a esa edad no es lo habitual. No le di más importancia en aquél momento, pero cada vez me veía la tripa más hinchada, y los síntomas cada vez iban a más. Hasta que un día, en el trabajo, sufrí la primera de cientos de hemorragias. Trabajaba como camarera en un bar, y os podéis imaginar la vergüenza que pasé, además del miedo, al sentirme empapada de sangre hasta los pies. Y repito, ésa sólo fue la primera de cientos.
Cada mes era un suplicio y tenía que organizar toda mi vida entorno a mis reglas. En aquél entonces iba a la universidad, y en época de exámenes mi bolso era un armario portátil, lleno de pantalones, calcetines y bragas, paquetes de compresas y tampones y analgésicos varios. Comenzó entonces mi búsqueda de ginecólogos profesionales. Vivía en Granada sola, mi familia estaba repartida entre Barcelona y Jaén, así que cada vez que acudia a urgencias porque estaba asustada, o cada vez que tenía visita con el gine, lo hacía sola o con alguna de mis amigas, en concreto Saray y Santi, que chuparon muchas salas de espera. Me tocó un señor bastante incompetente, que decidió llevarme a quirófano. Cuando desperté de mi primera supuesta miomectomía, me dijeron que no me habían hecho nada: sólo habían abierto para “mirar” puesto que el mioma estaba situado en un lugar tan complicado que temieron que si lo tocaban la operación acabara en histerectomía (extirpación del útero). Así que me fui a casa con una cicatriz tipo cesárea y para nada. Después de aquello, una embolización de arterias uterinas que tampoco funcionó.

Mi cuerpo era defectuoso. Tenía un mioma grande (7 cm), mal colocado, sintomático (muy sintomático), que me provocaba anemias graves y que, además, nadie tenía coj… de extirpar. Me empezaba a plantear la posibilidad de no ser madre nunca.

Las hemorragias continuaban e iban en aumento, y con 18 años tuvieron que hacerme la primera transfusión de sangre. Lo único que recuerdo de aquello es que estaba sola, y que en mi habitación había una chica que me decía que para ella era inmoral recibir sangre de otra persona.

Con 19 años decidí volver a Barcelona, por varias razones: porque me enamoré como una loca de Raúl, que vivía aquí; porque pensé que aquí los médicos serían mejores; y porque me encontraba fatal y estaba harta de estar sola y enferma. Dejé la carrera, pero hoy puedo decir que en gran parte el amor me salvó la vida.

Empezamos a buscar y buscar. Mi estado de salud cada vez iba a peor. De vez en cuando alguna transfusión, tratamientos con hierro intravenoso. No sé a cuántos ginecólogos fui, pero fueron más de seis. Fui a uno privado y este me dio el peor pronóstico posible, con estas palabras: “No tendrás una vida reproductiva satisfactoria”. No podría ser madre. Con tan sólo 20 años me estaban diciendo que jamás podría ser madre, al menos no de manera biológica. Jamás sentiría esas pataditas en mi vientre, ni podría parir, ni tendría ecografías que no fueran de bultos feos (que de esas ya tenía toda una colección). Después de aquél comentario, vinieron algunos más de otros profesionales del mismo estilo, así que mi cuerpo y yo íbamos tirando como podíamos, con mucho cansancio y con muchas lágrimas. Pero no estaba dispuesta a operarme, por nada del mundo.
Mi madre consiguió un volante para el hospital de Badalona Can Ruti, que me habían dicho que eran muy buenos en estos casos. Me dieron cita para una tarde, y esa misma mañana empecé a sentirme realmente mal, como nunca antes me había sentido. Todo lo que comía lo vomitaba, se me nublaba la vista, estaba pálida como si ya estuviera muerta. Notaba que a cada paso que daba el corazón me latía más rápido, e incluso empecé a sentir un dolor muy intenso en el brazo izquierdo. Mi cuerpo no podía más, estaba al borde del colapso, y cuando acudí a la visita me lo confirmaron: tenía una anemia gravísima, estaba a 3,3 de hemoglobina. Y me dejaron claro que me iban a operar. Y yo estaba tan asustada, que esta vez sí estaba dispuesta a perder el útero. Más vale perder un sueño que perder la vida, o eso pensaba.
Me operaron, y me desperté de la anestesia llorando. Creo que gran parte de mí pensaba que aquello no saldría bien. Pero no, salió más que bien. Mi útero intacto y el mioma fuera, y mi alegría era inmensa. Así que, con 21 años, me propuse comerme el mundo de nuevo, recuperar el tiempo perdido por el agotamiento que produce la anemia y volver a empezar. Pero el mioma reapareció al poco tiempo y nos empezamos a plantear ser padres antes de que la cosa se volviera a poner seria. Y a los 24 llegó Jael.

Como ya sabéis, el embarazo de Jael fue duro. No me extenderé porque me gustaría dedicarle otro post cuando  me sienta preparada, sólo diré que el quedarme embarazada a sabiendas de que había algún que otro problema, me trajo mucho sentimiento de culpabilidad durante mi duelo posterior.

Después de morir Jael los médicos se volcaron conmigo. Tengo que reconocer que el trato fue excelente, que todos los profesionales que me atendieron fueron empáticos y comprensivos, que jamás me encontré un comentario fuera de lugar y que, después de otra operación, fueron capaces de poner fin a mi calvario. Al físico. Y fueron capaces de dejarme el útero intacto, de manera que el embarazo de Gary fue médicamente perfecto.

Pero si es cierto que cada vez que lo pienso muero de rabia. Fueron siete largos años de sangre. Siete. Años de llorar cada mes, de golpearme el vientre con los puños, de  maldecir aquello que no era mío pero que me habitaba y no se iba. Años en los que se suponía que yo tenía que vivir despreocupada antes de meterme de lleno en el mundo de los adultos. Que tenía que salir, correr, volar. Pero algo tan sencillo como debería de ser la menstruación, para mí era un obstáculo enorme. Y era algo que sabía que cada mes iba a suceder, siempre igual, con la misma intensidad. La regla no es una enfermedad, pero hay casos en los que sí llega a serlo. Y, ¿sabéis lo peor? Que tuvo que morir mi bebé, mi hijo, para que alguien hiciera algo.

Aún no he hecho las paces con mi cuerpo y sé que es algo que tengo pendiente, y que si no lo hago me pasará factura. Y sé que todo pasa por algo, que quizá mi cuerpo exteriorizó de ese modo algo que tenía por dentro. A día de hoy, aún me siento “traumada” cada vez que me viene la regla, y salgo corriendo al baño en muchas ocasiones, aunque ya no tengo ningún tipo de problema. Supongo que esa huella quedará en  mí durante algún tiempo todavía.

Considero que pagué un precio demasiado alto para recuperar mi salud y para poder conseguir mi sueño. Que también hice muchas tonterías y arriesgué muchísimo mi vida, pero sino lo hubiera hecho seguramente Jael y Gary no existirían. 
Y gracias a mi experiencia, soy capaz de empatizar con todas aquellas mujeres que no pueden ser madres, temporal o definitivamente. Hoy por hoy ya no recuerdo mi angustia ni mi pena por ser infértil, pero fue una de las épocas más duras de mi vida, sin duda. Y no puedo llegar a imaginar el dolor tan grande que tiene que suponer cuando el diagnostico es definitivo, irreversible. Lo que para muchas es tan sencillo, y que para otras se convierta en un mundo.
Por eso siempre me escucharéis decir que tener un hijo es un puñetero milagro. Que no es tan fácil como parece lograr un embarazo; que no es tan fácil como parece que el embarazo llegue a buen término; y que no es tan fácil como parece que el bebé esté sano y se quede. Y sólo las que hemos perdido le damos el valor que merece.

Aprovecho para deciros que donéis sangre, hay mucha gente que la necesita. A mi me salvó la vida en muchas ocasiones. Es fácil, rápido y sólo sientes el pinchacito de una analítica. Más info en:


Gracias!!!!

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