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Cuestión de prioridades

Hoy es un día de esos en los que te planteas (o te replanteas las cosas). Que vamos a mil por hora y la estela que dejamos en el camino es demasiado profunda…y levanta polvo.
Como sabéis, Gary ha empezado la guardería y ya me lo advirtieron, que pillaría todos los virus habidos y por haber. Es como todo, te avisan, los oyes y los ignoras, así somos. Pero un día te das de frente con el asunto, y resulta que en lo que llevamos de mes ya nos hemos echado a las espaldas dos bronquitis (o una mal curada, es igual); unos días de fiebre así, sin razón aparente; una sospecha de otitis y, desde hace un par de días, una gastroenteritis. La invasión de las “-itis”, da hasta miedo. Sin dormir, de manera casi literal.
Y yo…
Yo arriba y abajo. Con el trabajo que, afortunadamente, me han bajado de nuevo a media jornada. Cansada de escuchar quejas por camisetas, cansada de doblar esas mismas camisetas una y otra vez. Cansada de trabajar en algo que me aleja de los míos y que no me aporta absolutamente nada más que unos buenos compañeros y unas risas de vez en cuando. Cansada de estar cansada.
Buscando huecos para escribir, que es lo que me gusta y lo que me mueve. Haciendo malabares para atender a los cursos que hago, estudiar, preparar trabajos, leer, buscar más información. Sacar ideas de debajo de las piedras. Porque quiero ser esto, quiero aprender y quiero ser…quiero ser suficiente, y dar un futuro mejor a mi hijo.
Y lo que me queda, pues para hacer la comida, para limpiar, para atender al peque, para las lavadoras, la plancha…y una larga lista, una lista que no sólo no acaba, sino que cada vez es más larga. Eterna.
¿Y Gary? ¿Y Raúl? ¿Y nosotros?
¿Y yo?
No hay horas al día, no hay días a la semana. El tiempo no es suficiente. He mirado a mi familia estos días y me he sentido lejana, como si solamente fuera una pieza más. Como si sólo fuera una máquina encargada de toda la logística, pero fría como el acero. “Perfecta en la ejecución pero tremendamente fría…” Y no, perfecta tampoco. Y no llego, y estoy desbordada.
Pero para eso están los hijos, para enseñarte y darte lecciones. Nuestros grandes maestros.
Esta mañana, mientras recogía sábanas, pijamas, bambas, fundas de sofá…todo ello lleno de vómitos, Gary no dejaba de darme la mano, de decirme que me sentara con él a jugar. Tenía clase de Asesoría de Lactancia online, tenía la casa patas arriba, lo último que podía hacer era sentarme.
Pero lo he visto ahí, hecho un guiñapo… y joder. Joder!
Espabila chica. Tu hijo te necesita, te necesita a ti. No necesita la casa impecable, ni que seas una experta en partos y lactancia, ni que escribas un best seller. Te necesita A TI. Me necesita a mi.
Mis mimos, mis brazos y mis canciones. Mi piel y mis manos. A mi, a mamá. Me he sentido miserable, culpable y la peor madre del mundo.
¿Esta es la maternidad que tanto deseaba? ¿Esto es por lo que luché casi hasta perder la vida? NO, claro que no. Y después de perder un hijo, menos aún. La maternidad no debería ser esto, al menos no es la que yo quiero.
Así que nos hemos sentado y nos hemos abrazado hasta que se ha dormido. Una hora, dos…da igual.
Y da igual si la lavadora está por poner, no se moverá de ahí. Y da igual si tengo clase, la puedo ver después. Y no importa si la casa está hecha un desastre. Hoy sólo importa que mi hijo está malito, y me necesita.

Cuando se ha dormido tenía dos opciones: o aprovechar para adelantar faena, o dedicarme a mí. ¿Y sabéis qué? Que es domingo y es mi único día libre, que como os he dicho, llevo un mes sin dormir de una manera decente y que estoy al límite, así que he decidido pegarme una buena ducha calentita, hacerme un café, y sentarme a escribir esto. Ya habrá tiempo para el resto y en un ratín llegan los refuerzos.
Creo que es importante, importantísimo, cuidarte para poder cuidar. Porque si tu no estás bien, al menos al 70%, no puedes dar nada de ti a tu familia. Y un poco creo que es en ese punto en el que estoy. Mis ratos de calma se reducen a un café en el Mc Donald’s media hora antes de entrar a trabajar (y no todos los días), y ese es el único momento que dispongo para mí.
A partir de hoy me auto prometo no sólo dedicar más tiempo de calidad a los míos, sino dedicarme más tiempo a mí.
Porque el tiempo sí es suficiente. Lo que no podemos es abarcarlo todo y creernos todopoderosas. Aceptar que tenemos unos límites, que no podemos (ni debemos) ser perfectas. Es imposible llegar a todo sin desatender nada. Es imposible. Y cuando hayan días de estos, en los que la realidad te escupe en la cara, aceptarte también, con tus errores, con tus defectos, y darles las gracias porque gracias a ellos has aprendido algo.
El tiempo sí es suficiente. Es cuestión de prioridades.

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