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El embarazo de Jael

Vimos el positivo y se paró el tiempo. Tan sólo teníamos 24 años, pero nos amábamos con la locura de quienes no han amado nunca antes de verdad.
No puedo decir que fuera una sorpresa, los dos estamos de acuerdo en que fue un pacto tácito entre ambos, queríamos ser padres y no nos importaba ser demasiado jóvenes. Contábamos también con mi útero, que apremiaba, que insinuaba que podía ser ahora o podía ser nunca. Y fue ahora, como de cuento, sin esperas y con todo el ruido que causa un bebé en una vida.

Necesitábamos contar aquello. Que si, que podía quedarme embarazada, que lo estaba, y que para junio tendríamos un cachorro lloriqueando por casa. Queríamos una niña, pero nos daba un poco igual. “Lo que sea que venga sano”, se suele decir
Casualmente tenía cita para una revisión con la matrona al día siguiente, por lo que ya iniciamos trámites, pero no me derivó a alto riesgo porque, según ella, no lo era. Y pasaron los días. Mis compañeras de trabajo estaba entusiasmadas y no dejaban de tocarme la tripa. Apenas me dejaban hacer esfuerzos, pero las náuseas hacían de vez en cuando de las suyas y el agotamiento del primer trimestre hacía estragos. Raúl y yo nos mudábamos justo cuando cumplía la séptima semana de embarazo a un dúplex precioso pero poco práctico, y teníamos que pasar un par de noches en casa de sus padres hasta que todo estuviera en orden.
A la mañana siguiente tenía cita con el médico privado. No me convencía nada aquello de no ver a mi bebé hasta la semana 12, sabiendo que había un mioma y teniendo mis antecedentes (Ver post anterior Miomas: cuando la regla se convierte en enfermedad). Fui al baño y me encontré con aquello que me acompañó ya el resto del embarazo: sangre. Roja y a chorros. Llamé al médico llorando y me dijo que no acudiera a la cita, que me fuera al hospital. Llamé a mi madre y contestó mi tía, porque ella ese mismo día empezaba otra guerra distinta.
Así que fuimos al hospital de Granollers, llorando a mares porque creía haber perdido a mi bebé. Tan pronto, si apenas había llegado. Entré en la consulta, me pusieron el ecógrafo y lo escuché. Miles de caballos galopando con fuerza. La enfermera me dijo: “Ese es tu bebé”, y yo no podía creerlo. Estaba vivo, aún estaba aquí. Y lloré de nuevo, pero un llanto de los que agradecen, de los que calientan.
Aun así, la cosa no pintaba bien. Tenía un hematoma retrocorial (que es algo así como un coágulo de sangre), lo que suponía una amenaza de aborto. Eso unido al mioma que había crecido, dejaba muy poco espacio para el desarrollo del bebé. La enfermera me insinuó que podía no seguir adelante, que estaba legalmente a tiempo, porque aquello no acabaría bien. No lo dijo así, pero yo lo entendí perfectamente. Aunque, por supuesto, hice oídos sordos. A partir de ese día, se acabaron los dúplex, los paseos, el trabajar…y cualquier movimiento en general. Reposo absoluto, por lo menos hasta que el hematoma desapareciera. Y decidimos quedarnos en casa de mis suegros hasta que me levantaran el “castigo”.
No puedo decir que lo hiciera de buen gusto. Un reposo absoluto está bien para una semana, después de eso empieza a agobiar de lo lindo. Recuerdo que lloraba y lloraba porque quería salir, porque estaba agobiada…lloraba por cualquier cosa. Iba a pasar 33 semanas en cama, o eso pensaba, y tan sólo la idea me angustiaba. Creo que nunca fui del todo consciente de lo que podía pasar. Creo que no lo fui hasta que pasó. A las compañeras del trabajo se les acabó el entusiasmo y no volví a saber de ellas, decían que era “cuento”, que no me apetecía trabajar.
A medida que el embarazo avanzaba, el dolor se iba haciendo presente. Al principio una molestia, después unos pinchazos. Y al final era un dolor sordo que me paralizaba. El dolor y la sangre eran mi pan de cada día. Cuando me despertaba me daba pánico levantarme de la cama y la mayoría de las veces no lo hacía hasta que no venía alguien a casa, ya que todos trabajaban. Ir al baño y ver sangre cada día, uno detrás de otro…y no saber nunca si ése iba a ser el día en que mi bebé decidiera marcharse. Lo mejor era que el niño (¡iba a ser un niño!), crecía bien, su desarrollo era perfecto. Pero su hogar era defectuoso. Y decidimos llamarlo Jael, viendo un niño en un anuncio de la tele que decía algo así como que podía conseguir lo que quisiera. Mirando por internet vimos que tenía dos significados: cabra del monte (que no nos decía demasiado) y “ángel que viene en nombre de Dios”. El destino tiene sus cosas preparadas.
En la semana 21 noté las primeras contracciones. No sabía lo que eran, pero era un dolor rítmico que aparecía cada tres minutos, que ascendía deprisa y se marchaba despacio, y que después de cada una de esas montañas rusas aparecía una nueva cascada de sangre.
Fuimos al Vall d’Hebron. Para aquél entonces mi comadrona ya había decidido que sí era embarazo de alto riesgo y que aquello ya se podía considerar un feto. Veo a esa señora a menudo por el barrio, y cada vez que me la encuentro no puedo evitar clavarle la mirada por cómo nos trató, a mi “todavía no feto” y a mí. Estaba iniciando el trabajo de parto pero afortunadamente estábamos a tiempo de pararlo. Me medicaron, me hicieron mil pruebas, y me pusieron un suero para parar las contracciones que me producían una sensación de ahogo muy desagradable y agobiante. A los tres días de ingreso  no había ni rastro de las contracciones, pero sangraba demasiado, por lo que me quedé en el hospital una semana y, después, vuelta al sofá.
Tenía una barriguita muy linda, pero no podía enseñarla al mundo. No podía lucir cuerpecito de embarazada, ni podía comprar ropa premamá. ¿Para qué? El pijama era mi uniforme. No podía salir a elegir las cosas de mi bebé. Lo único que podía hacer era estar tumbada, mientras la gente entraba y salía, mientras la vida seguía. Me perdía mi embarazo, se me iba entre sangres, contracciones y miedos. Decidimos no comprarle nada a Jael aún, cuando naciera ya veríamos. Me pasaba el día buscando casos en internet de bebés prematuros, de cuál era el límite de la supervivencia. 24 semanas. Si llegaba a las 24 semanas teníamos posibilidades.
Y llegamos, y ese mismo día, tras varios ataques de tos, noté algo distinto a la sangre. Más líquido, más abundante. Y cada vez que tosía lo notaba más. Había roto la bolsa amniótica y de nuevo pensé que lo perdía todo. En la Vall d’Hebron nos dijeron que teníamos que trasladarnos, o bien a Sant Joan de Déu, o bien a la Maternidad, ya que si el bebé decidía nacer ellos no tenían incubadoras disponibles.
“¿A qué hospital quieres ir?” Una decisión sencilla que a mi me pesará toda la vida. Nos fuimos a la Maternidad, con todas sus consecuencias.
En la ambulancia las contracciones aparecieron y ésta vez iban en serio, pero al llegar allí, entre pruebas, miedos y medicación, todo se estabilizó. Todo menos mi sangre, que volvía a hacer su aparición estelar. A la misma vez que yo, entraba María a urgencias, con el mismo problema, con el mismo tiempo de embarazo, con la misma bolsa rota. Con un niño llamado Roger en su vientre. Y fue mi compañera de habitación durante una semana. Nos decían que teníamos que aguantar hasta la semana 31 y ahí provocarían el parto, en mi caso cesárea, puesto que el mioma estaba justo en el canal de parto. Y nos fuimos a casa, tan felices y tranquilos, nos despedimos de María y su marido, hasta dentro de 6 semanas. Que no fueron tales.
A los tres días de estar en casa, esta vez en casa de mi madre que vive más cerca del hospital, empecé a sangrar de manera descontrolada y a tener contracciones cada tres minutos. Quizá fue el impacto de ver los efectos de la quimio en mi madre, no lo sé, pero el caso es que el pánico se apoderó de mí. No me sentía dueña de mi cuerpo, ni de mi embarazo, ni de nada. ¿Por qué coño me estaba pasando aquello a mí? Seis semanas, sólo faltaban seis semanas. Volvimos al hospital, sangrando a mares y vuelta al ingreso. Ya no me iban a dejar salir de allí embarazada. Fue un domingo por la noche, y desde aquél momento hasta el jueves por la mañana, sentí las contracciones, una tras otra, cada tres minutos. Cuando me ponían la medicación para detenerlas me daban taquicardias, me ahogaba,  y cuando me la quitaban las contracciones aparecían y, tras ellas, la sangre de nuevo.
Empezaron a transfundirme, una bolsa y otra, y otra… No sé si fueron cinco, o seis, no lo sé. Se nos iba de las manos. Cuando veía aparecer a las enfermeras con los monitores quería morir, no quería que me tocaran, no quería nada. Quería que el dolor y la sangre desaparecieran. ¿Era mucho pedir para un embarazo? Estaba agotada y me estaba volviendo realmente loca.
Fueron tres días insoportables. Y durante un tiempo me castigué por no haber soportado más, porque cuando la doctora me dijo que mi bebé debía nacer, sentí el mayor alivio del mundo. Y mi bebé iba a venir al mundo a las 26 semanas de gestación.
El miércoles por la tarde me comunicaron que a la mañana siguiente me realizarían la cesárea. La sangre que entraba en mi cuerpo no era suficiente para la que salía, no tenía sentido. Era él o era yo. Y yo me iba y quería irme, en ese punto estaba.
Esa madrugada entró una compañera nueva a la UCI. Era María, que acababa de dar a luz a su bebé. Aún se me pone la piel de gallina cuando pienso en el tremendo capricho del destino. Nuestros hijos iban a nacer el mismo día, el 8 de marzo de 2012. (Casualmente, también el cumpleaños de mi hermana).
Esa noche no pude dormir apenas, y cuando amaneció, empezaron los preparativos. Tenían que ponerme anestesia general por la pérdida de sangre, no iba a ver a mi bebé nacer. Casi toda la familia estaba allí, recuerdo sus caras de pena, su angustia, su imaginario desenlace ya presente entre todos. Y me llevaron a quirófano, sola. Me acariciaban el pelo, me tranquilizaban, me decían que todo saldría bien. Pero yo lloraba y lloraba, y tenía miedo. Miedo por mí y por mi bebé. Quizá más por mi bebé.
Me pusieron una mascarilla y me dijeron que contara hacia atrás desde diez.
Diez, nueve, ocho…

3 comentarios sobre “El embarazo de Jael

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