duelo gestacional·prematuridad

Bienvenidos a la UCIN

(Este post es la continuación de nuestra historia. Si te perdiste la primera parte te invito a que la leas primero pinchando en el siguiente enlace: https://elpijamadegary.blogspot.com.es/2016/10/el-embarazo-de-jael.html#links)
No podía abrir los ojos pero era consciente de todo. Pitidos, voces… Tenía algo en la garganta que no me dejaba respirar, pero no me ahogaba. Estaba allí, en una mesa de quirófano. Acababa de parir a mi hijo pero él ya no estaba ahí. En su lugar, la maravillosa anestesista que me acompañaba deshaciéndose en caricias y miradas de comprensión.
“¿Y mi niño?”
No podía decir otra cosa. Me contaban que todo había ido “bien”, que había nacido respirando por sí mismo, que todo estaba dentro de la normalidad teniendo en cuenta la gravedad de nuestro caso. Me contaban también que Raúl pudo estar con él, ver cómo lo atendían, que pudo acompañarlo hasta la sala de neonatos y que había llorado mucho. Había pesado 870 gramos. Me contaban muchas cosas que yo no había podido ver, todo lo que me había perdido.
Del resto de aquél día no recuerdo mucho. La anestesia general seguía invadiendo mi cuerpo y constantemente iba cayendo en aquél abandono tan dulce, sin el dolor cada tres minutos, sin el miedo, sin la presión. Sólo la cicatriz de la cesárea empezaba a hacerse notar entre tanta calma.
Cuándo despertaba, solamente pensaba en ir a ver a mi bebé, pero ya me advirtieron que no sería posible hasta el día siguiente: desde que te hacen la cesárea hasta que te levantas de la cama han de pasar 24 horas. Debía descansar, decían, pero el entrar y salir de familiares que querían verme no me dejaba caer en un sueño profundo. Era lo que necesitaba en el fondo: dormir todo lo que no había dormido aquellos días, adelantar sueño para lo que estaba por llegar.
En uno de esos despertares me encontré a Raúl a mi lado. Él iba y venía de la unidad de neonatos a mi habitación, sin descanso, no quería dejarnos solos a  ninguno de los dos. Y me enseñó a nuestro bebé en una foto. Me impresionó mucho ver aquél cuerpecito ensangrentado, tenía minutos de vida. Estaba completamente formado, pero se le veía la piel transparente, las manos en miniatura, la nariz minúscula. Me molestaba enormemente tener que conocer a mi hijo a través de una foto, pensando que todos los que venían a visitarme a mí, ya habían podido ver a Jael a través del cristal. Y yo postrada en una cama. Me molestaba no ser capaz de levantarme y echar a correr para verlo, se supone que una madre lo puede todo y no era el caso.

Desde esta misma ventana podíamos ver la incubadora de Jael. Hace poco volví a ese pasillo e hice la foto. Para mí es todo un símbolo.
A Raúl le explicaron que era de vital importancia la leche materna, que sin ella sus posibilidades de sobrevivir eran poquísimas y, aunque en un principio yo había decidido no amamantar (ignorante de mí) los argumentos me convencieron. A día de hoy, ni me lo hubiera pensado, por supuesto. Así que me trajeron un sacaleches, el aparatejo que se convertiría en mi compañero inseparable de día y de noche. Debía extraerme cada tres horas como mínimo. Al principio apenas salían unas gotas de calostro. Me parecía realmente ridículo tener que meter aquello en un bote, ridículo y difícil. Apurando con jeringuilla para no desperdiciar nada, porque aquello era oro puro que mi hijo necesitaba. Y así pasé la primera noche, yo me extraía y Raúl lo llevaba a la UCIN para que se lo dieran a Jael.
A la mañana siguiente me desperté decidida a levantarme, ya habían pasado casi 24 horas y tenía que bajar a conocerlo. Me ayudaron las enfermeras, el dolor de la cesárea era horrible. No era la primera vez que sentía ese dolor, pero esta vez era realmente intenso. Empecé a marearme, se me nublaba la
vista y me trajeron una silla de ruedas. Todo mi empeño era bajar a la primera planta, me daba igual el cómo. Mientras Raúl empujaba la silla, yo dudaba seriamente de que pudiera llegar a la sala de incubadoras. No estaba bien, lo sabía, pero la tozudez es parte de mi naturaleza. Eran las 12 de la mañana, hora de la visita de los pediatras, tendríamos que esperar fuera. Podía ver su nido, pero a él no se le veía, le estaban haciendo pruebas.. El pediatra se asomó a la ventana, me miró, y me hizo un gesto con la mano para volviera a mi habitación, me veía la cara y dedujo que no estaba bien. Se acercó al intercomunicador y me dijo que estaba muy pálida, que intentara tomar algo de azúcar y después bajar de nuevo pero que así no podía entrar. Así que subimos a la habitación, de nuevo sin ver a mi hijo, y me hicieron una analítica. Otra vez la sangre, otra transfusión, cuatro bolsitas de regalo. Otras mil horas sin conocer a quién ya amaba más que a mi misma.
Pasaron las horas. Mis amigos y familiares entraban y salían, bajaban a verlo. He de decir que me sorprendía mucho el hecho de que la gente viniera triste a verme. En mi habitación no había flores, ni regalos para Jael. Sólo un peluche que trajo alguien lejano y que aún guardo. Parecía que el nacimiento de mi hijo no fuera una bendición, sino todo lo contrario, y eso me hacía mucho daño.
Raúl me enseñaba fotos… Yo no quería nada de aquello. Yo sólo quería tocarlo. Hasta que por la tarde me encontré fuerte, me senté en la silla de ruedas y me propuse llegar, fuera como fuese. Serían aproximadamente las siete de la tarde, habían pasado 32 horas. 32 horas separados. Y a día de hoy, sabiendo lo que sé, me parece una auténtica barbaridad. ¿Se podría haber evitado? Rotundamente, sí.
Llegué y Raúl me lo presentó, y lo que vi me impactó tanto que me quedé paralizada. Se paró el mundo y sólo se oía un pitido de fondo. Era un bebé de juguete, algo poco más grande que la palma de mi mano. Lleno de cables, de tiritas, de vendas. Enchufado a un montón de máquinas que nunca llegué a comprender para qué servían cada una, no me dio tiempo. Pero era mi hijo, y era precioso. Mi príncipe azul, el amor de mi vida. Lloré y lloré, por él, por nosotros. Lo toqué, con miedo de romperlo. Fue un momento realmente mágico y, a la vez, realmente trágico.
Desde aquél momento, mi ingreso se convirtió en un viaje ascensor arriba y ascensor abajo.
La UCIN tenía sus horarios. Mejor dicho, nos ponían horarios para ver a nuestros hijos, pero hacíamos lo que podíamos para entrar el máximo de tiempo posible. La frase favorita de las enfermeras era “súbete que tienes que descansar”. Por cierto, algunas tenían muy poco tacto.
Alrededor de Jael, unas diez incubadoras más, con bebés igual de chiquitines, cada uno con lo suyo. Roger también estaba allí, todo un campeón. Y lo que se respiraba en el ambiente es muy difícil de explicar: una mezcla de pena y esperanza. El dolor que supone ver a tu hijo debatirse minuto a minuto entre la vida y la muerte, contrastado con la alegría que supone verlo vivo a pesar de su inmadurez.
En mi caso, creo que jamás fui del todo consciente de la gravedad de la prematuridad. Para mí el peligro estaba en mi cuerpo, en mi útero, y creía firmemente que si había superado el parto y estaba vivo, el resto era cuestión de semanas de ingreso y para casa. Nos faltaban tres meses dijeron los médicos, tres meses de ingreso que se nos harían eternos a todos.
Pero yo no, yo tenía que marcharme a casa. Apuramos cinco días mi estancia en el hospital (gracias a la anemia), y el último día me sentía horrible. ¿Cómo me iba a ir a casa? Lloraba muchísimo al pensar estar en casa sin él, sin mi bebé en mi vientre ni en mis brazos. No entendía porqué no podía quedarme allí. No entendía porqué me habían arrebatado mis tres meses de embarazo restantes, a mi hijo…todo. “Ya no está aquí”, era lo que me repetía una y otra vez.
Para el resto del mundo eran nimiedades. Nada, unos mesecitos en la incubadora y para casa. He de decir que es como todo, hasta que no lo pasas no sabes de lo que hablas. Hay nidos…y nidos. Hay bebés a los que les faltaban un par de semanas para nacer, y no digo que no sea duro (que lo es), pero es más probable que salgan adelante. A Jael no pudimos cogerlo en brazos hasta los nueve días, no pudo ser amamantado, apenas podíamos tocarlo. Era tan delicado, y a la vez tan fuerte.
Una vez en casa, el planteamiento y la logística no eran nada fáciles. No me lloraba un bebé cada cierto tiempo para ser amamantado. En su lugar, una alarma cada dos horas y media que me indicaba que era el momento de enchufar el sacaleches. De día y de noche. Y aún así, la leche no terminaba de ser suficiente, pero os podéis imaginar el porqué. Al final, tuvieron que recetarme unos ansiolíticos que tenían como efecto secundario la producción de leche. Metía en la nevera lo que me extraía y por la mañana lo llevábamos al hospital en una nevera portátil. Y nunca era suficiente. Era surrealista ver en la nevera del hospital botes llenos a rebentar, y tu dejar el tuyo con veinte mililitros. A día de hoy incluso se me escapa una sonrisa al pensarlo, pero en aquél momento era un drama.
Llegábamos, entrábamos, hacíamos el método canguro. Toda la paz del mundo se concentraba en ese momento. Todas las penas, los llantos, las necesidades se evaporaban en el instante en que notaba su piel con la mía. Y le cantábamos, le hablábamos, le hacíamos fotos. Le contábamos todo lo que le esperaban sus primos, sus abuelos. Era nuestro momento. Hoy es nuestro tesoro.
Estuvimos diecisiete días así, pero parecieron meses. El agotamiento era parte de mí. La cicatriz, el postparto, el despertador, los viajes…la pena. No podía dar más de mí. Me he sentido culpable durante mucho tiempo porque no fui capaz de quedarme todo el día en el hospital, porque estaba cansada. Porque en parte, no quería ver lo que tenía delante. Porque jamás pensé que se iría para siempre.

Lo que os dejo a continuación es un enlace a la página de la asociación de prematuros del Hospital Clínic-Maternidad de Barcelona. En concreto, el enlace es para colaborar con el proyecto “Un sacaleches para cada incubadora”. Lo que se pretende es que al lado de cada bebé haya un sacaleches para que la mamá pueda extraerse sin separarse de su hijo, lo que favorecerá el vínculo y la producción de la leche materna. Gracias!
http://www.migranodearena.org/es/reto/9494/un-tirallets-per-a-cada-incubadora-s-un-prematur-alletat–un-extractor-en-cada-incubadora-s-un-prematuro-que-mamara/

Y si os ha gustado el post, os invito a dejarme vuestros comentarios. Gracias por leer.

Un comentario sobre “Bienvenidos a la UCIN

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