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Cáncer de mama: mi pequeño homenaje

Hubo un día en el que mi mundo se partió en dos. Mi madre, mi hijo. Y caminé entre dos orillas sin ser consciente de todo lo que me envolvía.
Salí del hospital con la sombra de la amenaza de aborto entre  mis piernas, fluía con la sangre, pero era feliz de haber escuchado ese latido tan poderoso que me decía que había esperanza. Que, por el momento, Jael (que aún no era Jael) se quedaba con nosotros.
En la puerta, mi madre. Ella también salía del hospital. Tenía un bulto en el pecho, un bulto que no era benigno. Quizá todo el mal de su mundo se concentró allí, en su pecho izquierdo. Quizá todo lo que no supo gritar se volvió una masa oscura de dolor, de pena, de lágrimas de sangre. Quizá, simplemente, le tocó a ella. Y solamente a ella.
La noticia pasó por mí como una brisa. No puedo decir que no me impactara, pero estoy segura de que en otra situación, lo hubiera sufrido más. Cuando una está embarazada, su centro de todo es su vientre…el resto son sólo ecos.
Mientras yo gestaba en un sofá, ella luchaba contra un cáncer. Mientras ella se sometía a su primera operación, yo esperaba a 40 kilómetros. Y a los pocos meses, otra operación, en la que tampoco pude estar. Y las dos vivíamos entre hospitales, escuchando las voces de la muerte, pero no estábamos juntas.
Después, la quimio, los tratamientos. Yo luchaba por retener a mi hijo dentro de mi útero; ella, mi madre, luchaba con un váter por expulsar una medicación que la dejaba al borde del colapso. Como os digo, yo vivía ajena a todo esto. Supongo que la supervivencia es eso, que la especie se ha mantenido durante tantos siglos por nuestra capacidad de enajenarnos de todo lo que no concierne a nuestros bebés. Así de duro. Así de egoísta.
Pasamos las semanas con vidas paralelas, cada una con su guerra, con nuestros llantos distintos pero iguales, conectados de alguna forma. La vi sin pelo y nació Jael. Y a día de hoy me pregunto cómo fue capaz siquiera de venir a verme, de dónde sacó las fuerzas. Una madre lo puede todo…
Fue en pleno puerperio cuando pude reaccionar. Las dos partes más importantes de mi vida, mi origen y mi legado, mi madre y mi hijo…ambos debatiéndose entre la vida y la muerte. Y aunque mis entrañas me gritaban que mi lugar estaba con mi bebé, una parte de mi se flagelaba por no poder estar con ella, con mi madre. Sé que quiso rendirse mil veces y sé que si Jael se hubiera quedado, probablemente lo hubiera hecho. Sé que no se rindió por ella, pero en gran parte por mí.
Jael se fue. Se fue entre ruegos para que no lo hiciera, míos y de todos. Pero se fue. Y una vez más, yo solamente podía pensar en mí. No me quedaba espacio para más dolor, no quería ver más dolor. Mis hombros estaban cansados, tenían suficiente peso. Los de mi madre también. No, no pudimos estar juntas. Simplemente, no pudimos. Alguna vez fui capaz de acompañarla a la sesión de quimio, creo que solamente una, y el desgaste fue inmenso.
Mi madre luchó y venció, a día de hoy está “limpia”. Con secuelas físicas, con un pecho vacío, con un tratamiento por cinco años que le ha disparado los niveles de otras mil cosas. Con secuelas más profundas, ésas que sólo ella sabe. Y con la carga que le supone no haber podido estar conmigo cuando la necesité, porque lo sé, la lleva a cuestas. Yo también la llevo.
Y desde aquí te digo lo que nunca te he dicho, porque ya sabes que no soy de hablar, que prefiero escribir, y que me cuesta expresar lo que me duele. Te cuento que no hay nada que perdonar pero que, si lo hubiera, ya te habría perdonado. Te cuento que aunque suene duro, no sé qué hubiera escogido si me hubieran dado la opción, pero que estoy más que feliz de que te hayas quedado. Siempre decías  mientras estabas enferma que tu nieto te daría la vida… Esa frase resonó mucho tiempo en mí. Hoy sé que, en parte, es cierto. Tú llevas a Jael también en tu sangre y de alguna manera fue y es tu motor para seguir.
Y te pido perdón. Perdón por no estar, por no querer ver, por no querer sentir. Perdón por no haberte dicho todo esto antes. Perdón por huir de tu dolor y del mío. Perdón por haberte dejado sola.
Y te doy las gracias. Gracias eternas por no rendirte. Gracias por quedarte. Gracias por luchar a pesar de no tener lo que más amabas contigo. Gracias por ser la mejor madre del mundo, la más guerrera, la más valiente. Gracias por seguir aquí y ser también la mejor abuela. Y gracias por tener a tu nieto Jael siempre presente.
Estoy orgullosa de ti y de tu lucha. Orgullosa de las rosas de tu pecho.
Y que te quiero.

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