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Adiós chiquito

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Este es el final de nuestra historia. Aunque en realidad, no fue un final. Para mí fue el comienzo de una nueva vida, en principio creí que sin él, sin Jael. Después, descubrí que él ya formaba parte de mí y de mi vida y lo haría por siempre. Para no perderte, te recomiendo que leas primero las otras dos partes de la historia: El embarazo de Jael y Bienvenidos a la UCIN . Y si ya los has leído, te sigo contando…

Los días pasaban deprisa: sacaleches, cesárea, coche, hospital, canguro, coche, sacaleches… No daba tiempo a pensar mucho. Cada vez que pensaba en mi bebé lloraba y lloraba descontroladamente. Ya nos habíamos mudado a nuestra nueva casa. Una casa enorme en la que no estaba mi niño. No había cuna, no había nada que evocara que en aquella casa ya éramos tres. En su lugar, un cuarto vacío que esperaba impaciente la llegada de su nuevo dueño.

En el hospital empezábamos a hacer amistades. Estaban Maria y Álex, con su peque superviviente; estaba Arnau, operado de enterocolitis; estaba Ainhoa, que llevaba ya dos meses ingresada. La verdad es que ese nombre, “enterocolitis“, reinaba en la sala. Muchos de los bebés que habían allí estaban operados de esa enfermedad. Nunca me acordaba del nombre.

Hasta aquél dia.

Domingo, 25 de marzo. Mis suegros vinieron a vernos al hospital. Dejé entrar a Raúl con su madre unos minutos antes de la hora de la toma, porque ese era el momento en que podíamos hacer el canguro y estar juntitos piel con piel. Mientras, en el pasillo, mi suegro y yo hablábamos de lo rápido que había pasado el tiempo, de lo fuerte que había sido Jael. “Ya tiene diecisiete días”…De verdad que yo pensaba que una vez superada la primera semana, el resto sería cuestión de gramos. De esperar pacientes a que pasaran los días, de verlo crecer y engordar, hasta que un día nos dijeran que ya podíamos llevarlo con nosotros a casa, dónde siempre debió estar.

Salió mi suegra y me dispuse a entrar yo. La rutina de cada día: bata azul, gel antiséptico con agua ardiendo y lavar hasta los codos…y a andar pasillo. Raúl estaba allí al lado de su incubadora hablando con Julia, la enfermera que estaba casi siempre con Jael. Tenía la tripita un poco hinchada y le iban a hacer unas analíticas para descartar infecciones. No estaba muy estable, así que era mejor que no lo tocáramos mucho. Ese día decidimos quedarnos a comer por allí y volver por la tarde para ver los resultados.

Cuando volvíamos al hospital, justo al salir del ascensor en aquella planta primera, empezó a sonar el teléfono. Eran las enfermeras. Entramos corriendo y a través de la cristalera lo vimos todo: los técnicos de la ambulancia, muchísimos médicos, mucha gente. Recuerdo el reproche de la enfermera de la primera sala: “¡Os estaban llamando! Pasad, anda.” Había una nota de regaño en su voz. Nuestro teléfono no había sonado en ningún momento.

Y cuando entramos, empezó todo. La pediatra nos contaba que tenían la sospecha de que Jael estaba sufriendo la maldita enterocolitis necrosante. Ahí dejé de escuchar… Las enfermeras estaban tristes, en especial Julia. Nos asomamos a verlo y estaba azul, hinchado…no parecía él. Recuerdo que Raúl preguntaba y preguntaba que porqué estaba azul…No nos habíamos enterado, no queríamos enterarnos. Tenían que trasladarlo al hospital de Sant Joan de Déu de manera urgente, porque quizá allí podían operarlo y salvar su vida. Y recuerdo que tardaron muchísimo en hacer el traslado. Cables, tubos, incubadora…una eternidad. Nosotros, esperábamos llorando en el pasillo, y recuerdo que muchas mamás compañeras de la sala se acercaban también llorando. Todas nos decían que todo iba a salir bien, todas menos Julia. Ella nos aseguraba que había hecho todo lo posible, que no se había separado de él. Yo la creí. Como supe después, ella ya sabía que Jael no se quedaría, y se lo dijo a Raúl.

Los técnicos de la ambulancia salieron corriendo con la incubadora, con nuestro hijo, y al pasar por delante nuestro levantaron la manta que lo cubría. Nos estaban mostrando que aún estaba vivo. Nos estaban haciendo testigos de que Jael salía vivo de un  hospital…porque no sabían si llegaría vivo al otro.

La ambulancia volaba, y nosotros volábamos detrás de ella, no me dejaron acompañarlo. Llegamos a San Juan de Dios minutos después que Jael, y allí ya estaban mis suegros con Andrea, que en aquél entonces tenía solamente trece años. La nena lloraba y lloraba, al parecer había visto a Jael al bajarlo de la ambulancia. Hoy en día me sigue diciendo que se alegra de haber estado allí y haber podido verlo.

Subimos a la sala de neonatos. Echaron a todas las familias de allí, esa tarde no podrían entrar a ver a sus bebés. La operación de Jael, si es que era posible, se realizaría allí mismo. Los médicos nos informaron de que el bebé estaba tan inestable, que solamente con tocarlo se le disparaban todas las pulsaciones. Lo que necesitaban en ese momento era abrir su tripita para valorar su intestino y ver el grado de necrosis. Si solamente era una pequeña parte, podrían operarlo. Pero no podían observar nada porque las constantes de Jael no lo permitían, así que sólo podían esperar y hacer todo lo posible por estabilizarlo. Nos decían, para darnos esperanza, que haber soportado el traslado en ambulancia ya había sido todo un reto. Recuerdo el rostro de la pediatra como si la tuviera delante, su calidez, su ternura. Y recuerdo también al cirujano que se iba a encargar de salvarle la vida a mi hijo. Porque yo estaba segura de que Jael se iba a salvar.

Nuestras familias iban acudiendo a cuentagotas. Era como si todos supieran lo que yo no quería ver. Nos invitaron a entrar a verlo con vida antes de la “operación”, por si acaso. Todo lo que hacían antes de cualquier actuación era para demostrar que aún estaba vivo, imagino que para no tener represalias después. Ése no era Jael, no era el bebé que yo había conocido. Su cuerpecito diminuto daba saltos en la camilla a causa del respirador. Nunca olvidaré aquél maldito tono azul de su piel, aquél gesto de dolor de su preciosa cara. Salimos, y los médicos empezaron su tarea.

No pasó mucho tiempo cuando nos llamaron a Raúl y a mí a una sala de reuniones. La pediatra, el cirujano y nosotros dos. Nos explicaron que la necrosis estaba muy avanzada, que no había casi nada de intestino sano. Y tras una larga lista de palabras extrañas, mientras mi mente volaba hacia otras posibilidades que no fueran la muerte, nos dijo la frase que retumbará por siempre en mis oídos: “Sin intestino no se puede vivir”.

Así de simple. Sin intestino no se puede vivir. Seis palabras que me trajeron a la tierra. Seis palabras encargadas de decirme que mi hijo iba a morir, que no se podía hacer nada por él.

Me quedé en blanco. No podia dejar de pensar que todo aquello había sido por mi culpa. Por mi maldita culpa. Por mi cuerpo, por mi útero. No sé cómo llegó la noticia al pasillo pero los sollozos de los que nos querían empezaban a escucharse. La pediatra nos habló de la manera más cariñosa del mundo, y nos animó a entrar a despedirnos de él. “No os quedéis con las ganas de hacer nada”, nos dijo. Y nos hablaba desde la maldita experiencia que le había aportado trabajar entre bebés que se mueren y entre padres que se despiden.

Desde que esa idea entró en mí empecé a impacientarme. Solamente quería entrar a decirle adiós antes de que falleciera, tenía esa prisa. Los médicos estaban cerrando su tripita y acomodando la sala para nosotros, así que teníamos que esperar un poco más. Mientas, los familiares nos decían que no lo hiciéramos, que era mejor recordarlo así, que no pasáramos por este “mal rato”. Raúl incluso decía que no quería entrar, pero que lo haría por mí. Lo que tienen los momentos duros es que no todos los vivimos de la misma forma, y a veces los que te quieren no saben lo que es mejor para ti. Suerte que no les hice caso.

Entramos y dejamos entrar a los más cercanos para despedirse también. Las enfermeras habían preparado una especie de habitación íntima con biombos para que estuviéramos a solas. Jael ya no estaba azul. Estaba como dormido en la camilla, con la cara relajada y preciosa. Lo cogieron con cuidado de no desconectar ningún cable, me senté en un sillón y me lo dieron. Y en ese mismo instante sentí una necesidad inmensa de que todo el mudo desapareciera. Así que se fueron despidiendo uno a uno, con besos bañados en lágrimas, y nos dejaron solos a los tres.

La pediatra venía frecuentemente a escuchar el corazón de Jael. Aún estaba vivo. Y con cada visita, una lista interminable de preguntas, de decisiones que debíamos tomar sin saber qué era lo mejor en estos casos.

“¿Queréis bautizarlo?” No. Ya no creo en Dios, desde este mismo día. No creo en él porque le he rogado y rogado que mi bebé se quedara, y no me ha escuchado.

“¿Queréis vestirlo?” No tiene ropa. Mi hijo no tiene nada, no habíamos comprado nada.

“¿Queréis hacerle autopsia?”

“¿Queréis hacerle una foto?”

“¿Queréis desconectar el respirador?”

Y yo que sé. Lo que sé es que no quiero que se muera, que me cambiaría por él sin dudarlo. Lo que sé es que mi niño siempre estaba calentito, y ahora está cada vez más y más frío. Y que aún me queda una mínima esperanza de que vengas a decirme que han encontrado el remedio para esto, pero sé que eso no va a pasar. Y que en el fondo, muy en el fondo, quiero y necesito que esto acabe ya.

Solamente acerté a preguntar si él estaba sufriendo, y me dijo que no, así que decidimos no hacer nada más que esperar a que decidiera marcharse. Mientras tanto, lo llenábamos de besos y abrazos, le decíamos cuánto le queríamos y cuánto le íbamos a echar de menos. Nos entregaron una postal con su nombre y sus huellas que las enfermeras se habían apresurado a hacer, por nosotros, para que tuviéramos ese recuerdo.

Hasta que en una de sus visitas, la pediatra escuchó su corazón y lo dijo: “Ya ha fallecido”. Y ya está, se había marchado. Y yo también.

Nos despedimos por última vez, le di un último beso. Un beso que recordaré por siempre y una última frase: “Adiós chiquito”. Lo dejé en aquella camilla y no volví a verlo jamás.

Y salí de la sala, rota, con mi postal, sin mi hijo, sin mi alma…pero con una estúpida sonrisa pintada en la fachada, como siempre, demostrando que puedo con eso y con más. Y en realidad, aunque me pese, estaba en paz, como no lo he estado nunca.

Y el final…no fue un final, sino un principio. El principio de una nueva “yo”, el inicio de mi camino en este duelo, el que me ha transformado en lo que soy ahora. Pero eso…lo dejamos para otro día.

Gracias

 

19 comentarios sobre “Adiós chiquito

  1. Madre mia! En cada post k escribes me haces llorar,yo que siempre me acuerdo de los momentos que hemos vivido y siempre te veo sonriendo….sólo pensar en todo lo que as pasado…sólo imaginar….ya se que es imposible nadie que no haya pasado por esa situación lo sabe,pero me duele que hayas tenido que pasarlo. Se quieren mucho a los hijos desde que vemos el positivo y pasar por esto….enhorabuena por lo que escribes y como lo haces. Te quiero mucho guapa

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  2. Sonia! Solo quiero darte las gracias! Laa gracias por compartir algo tan intimo, tan doloros para ti, algo tan profundo como ver al amor de tu vida marcharse. Gracias y millones de besos

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  3. Buff cielo, sin palabras… Como he llorado, como me he trasladado contigo allí… Como he recordado las veces que me lo has explicado… Como recuerdo su preciosa cara que he tenido el honor de ver en tus fotos… Gracias Jael por la magnífica mama que elegiste y gracias a ti y a Jan, mi ángel… Por juntar nuestros caminos… Te quiero preciosa!

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    1. Dear Coo,aekind Dave,You are always in our prayers, We are sure that God wil really Bless you with healing,I remember the days when you came fist time to wood stock school, You lived in South hill, we too. We have many memories of you with us.We love you, and pray for you.God will help you,Bali and Premla Shepherd ( India) Mussoorie.

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  4. Me he planteado millones de veces dejar de leer el blog porque cada vez que lo hago lloro, lloro y lloro… y lo que es peor, me doy cuenta de que no supe estar cuando más nos necesitabas. Pero es imposible dejar de leerte.
    No hay una mejor madre para Jael y para Gary. Te quiero muchísimo

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  5. Primos sois impresionantes, no e parado de llorar en cada post, os doy un aplauso grande x pasar por todo esto con esa entereza aunque destrozados por dentro, el segurisimo que esta muy muy orgulloso de vosotros estuvistris en cada momento y asta el final mil gracias por compartir esto porque es muy duro un abrazo fuerte de la familia!! Os queremos

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  6. Uffff!!!! Estoy segura de que hay un antes y un después detrás de ésta vivencia.
    Erais muy jóvenes y aún así fuisteis lo suficientemente maduros como para acompañar a Jael sim descansar y luchar igual que él por su vida. He llorado mucho leyendo tu historia! Nadie debería pasar por algo así! Mil besos

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  7. No sabes cómo te entiendo….maldita enterecolitis. Noa se me fue a las 27 horas…..Gabriela se me fue a los 25 días….con esa enterecolitis, trillizas de la que solo se quedo mi pequeña Kenia.

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  8. Pingback: Mi duelo y yo
  9. Llegué a ti por una amiga q me envió el enlace de tu página, es imposible no derramar más de una lágrima mientras te leo, hace casi un mes q perdí a mi bebé nunca lo llegué a ver solo por ecografías son las únicas fotos q conservo de el, estaba de 17 semanas y vieron q no iba bien y q no iba a sobrevivir así que decidimos parar el embarazo, ese día fue el peor de mí vida, era mi hijo aún sin tenerlo conmigo. No hay un día q no piense en el, lo echo de menos. Gracias por tu historia un beso

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    1. Cynthia cuanto lo siento. Debe de ser desgarrador tomar una decisión así… Como bien dices, era tu hijo, lo que más amas…y lo será siempre.
      Te doy las gracias por leer el blog y por comentarlo, personas como tú hacen que este camino sea más gratificante. Lo que necesites, aquí estoy, no lo dudes. Si te apetece escríbeme un mail y charlamos.
      Un abrazo al alma preciosa, y mucha mucha luz.

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  10. no tengo palabras de verdad, hacia dias q no pasaba x tu blog, cuando lo publicaste no pude leerlo, no me veia fuerte, hoy lo echo y no puedo parar de llorar, q fuerza, que palabras, q todo… yo no tube el valor de hacerlo y si, me arrepenti desde el momento q sali de ese hospital, hace ya 6 años y no hay un solo dia q no me acuerde, gracias por ponernos voz a las q no sabemos describir el dolor. Tequiero flaca!

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