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Mi duelo y yo

Continuamos…

Después de toda nuestra historia, después de la corta vida de Jael y después de su muerte, empezaba una nueva vida para mí. De nuevo, para no perderte, te aconsejo que leas primero la historia al completo dividida en tres posts (El embarazo de Jael, Bienvenidos a la UCIN y, por último, Adiós chiquito. Y si ya los has leído, te sigo contando.

 

tatu

 

Después de la despedida, después de dejar el cuerpecito frío e inerte de mi hijo en la camilla de aquella sala, sabía que debía enfrentarme al  mundo. Salí sonriendo, si. Ahora lo recuerdo como algo absurdo, y no sé si fue fachada o realmente fue alivio. Lo que sé es que me inundaba una enorme paz al saber que mi hijo descansaba y, en el fondo, que también yo podría descansar. Es duro de aceptar y cambiaría millones de veces ese descanso por su presencia, pero cuando estás sufriendo, cuando de verdad el dolor te aprisiona el pecho, lo que deseas es que acabe. Aunque eso suponga empezar a sufrir de otra forma. (¿Has visto la pelli “Un monstruo viene a verme”? Pues ese es el sentimiento…)

En el pasillo, toda una bruma de familiares. Unas veinte personas se reunieron allí para ofrecernos consuelo, y ya desde el primer momento empezaron a resonar las frasecitas que nos acompañarían el resto de nuestra vida: “Sois muy jóvenes, ya tendréis otro”; “Mejor ahora que más adelante”. Y no hacía ni cinco minutos que habíamos dicho adiós por última vez a nuestro hijo. Con lo fácil que es abrazar y callar, y reconocer que el dolor que estábamos sufriendo era inhumano.

Nos quedaba un trámite por hacer. Yo solamente había acudido en mi vida a dos entierros: el de mis abuelos maternos. Pero, por supuesto, a mis 24 años, jamás había organizado ninguno. El señor de la funeraria que se ocuparía de atendernos tenía que venir desde Barcelona, y a nosotros nos dieron la opción de esperarlo o de volver al día siguiente. Decidimos esperar, porque al día siguiente no habría cuerpo capaz de volver a ese lugar.

Y pasaban las horas. Y mi hijo, tan cerca y tan lejos a la vez. Ojalá alguien me hubiera dicho que me daba tiempo de ir a comprarle algún trajecito. Ojalá alguien me hubiera dicho que hay mil páginas que hablan de esto, y que podrían ayudarme a tomar decisiones. Ojalá alguien me hubiera animado en aquellas horas a hacerle una foto, a entrar de nuevo a abrazarlo y a besarlo. Pero me auto convencía diciéndome que mi hijo ya no estaba allí. Aquello solamente era un cuerpo, Jael ya estaba muy lejos. Mientras, Raúl y yo viajábamos arriba y abajo, dando paseos por la urbanización de los alrededores del hospital. Nos dedicábamos a abrazarnos mientras volvíamos a aferrarnos al humo del tabaco que tanto nos había costado dejar; a pensar en cómo habíamos llegado a esto; a deambular en lo que ahora sería nuestra nueva vida, como padres pero sin bebé.

La cicatriz de la cesárea ni siquiera dolía ya. Lo que sí dolían eran los pechos, que reclamaban a gritos el sacaleches que ya no necesitaba. Pregunté acerca de esto, me dieron una medicación y pocos consejos útiles. Recuerdo a la bendita pediatra, agachada delante nuestro y diciéndonos una frase que jamás olvidaré: “Pasaréis por distintas fases. Rabia, dolor, enfado, tristeza…Y al final, lo superaréis”

¿Que lo superaré? No, no lo creía. Nos habló del servicio de psicólogos del mismo hospital, nos dio el número de teléfono y quedamos en que llamaríamos si hacía falta.

Después de unas tres horas, llegó el esperado señor de la funeraria. Nos dio el pésame, nos aseguró que la parte que menos le gustaba de su trabajo era ésta, cuando el muerto es tan pequeño. Entramos en una sala, acompañados por los padres de Raúl y por mi madre y su marido. Nos explicó cosas que ya no recuerdo ni quiero recordar; nos dio las opciones que nos tenía que dar; y nosotros optamos por dejarnos aconsejar y hacer lo que nos aconsejaron. Y me arrepiento tanto… Aunque para explicaros esto, necesito todo un post y mucha ayuda. Hicimos lo que pudimos, ni más ni menos. Pero aún duele.

Y nos fuimos de allí, con la silueta del hospital a las espaldas. Aquella fue también mi tumba. La que yo era se quedo en la camilla de la Unidad de Neonatos y voló con el alma de Jael a otra parte. El viaje en coche suponía también el viaje hacia una nueva vida, hacia una nueva yo. Desde cero, desde las cenizas del mayor infierno de mi vida.

Despertar al día siguiente dolió mucho. La esperanza de que todo hubiera sido una pesadilla se desvaneció en cuanto abrí los ojos, en cuanto escuché a Raúl llorar a mi lado mirando las fotos de su móvil. Y no sé ni cómo ni porqué, pero nos levantamos con la decisión férrea de llevar esto a solas y en silencio. Como un acuerdo tácito, como levantando una muralla entre nosotros y el resto del mundo.

Y poco a poco, y con los días, descubrimos que ambos teníamos distintos modos de llevar el duelo. A Raúl no le apetecía hablar de Jael, no quería volver a mirar las fotos, no quería ver sufrimiento a su alrededor. Y estaba bien, a mí me parecía (y me sigue pareciendo) bien. Creo que cada uno hace con su dolor lo que buenamente puede. ¿Quién era yo para exigirle nada más?

Sin embargo, el silencio en el que yo misma había decidido sumirme cada vez me aprisionaba más y más el pecho. Sentía la necesidad de gritar a los cuatro vientos que estaba rota. Que todo era una mierda, que odiaba a todo el mundo; a todas las embarazadas del mundo, a todas las madres del mundo que no tenían ni idea de lo que era perder un hijo. Necesidad de gritar que yo también era mamá, que también merecía una felicitación el día de la madre, que también había parido y también sabía lo que se siente al crear vida. Pero nunca lo gritaba. Y me sentía tan invisible como mi hijo.

Era difícil encontrar a alguien con quién hablar de Jael, era prácticamente imposible. Por un lado, las personas que tan sólo intentaban minimizar el dolor con las frases de rigor que tanto daño hacen. Esas personas poco a poco fueron siendo descartadas para expresar con ellas mi dolor. Y por otro estaban aquellas personas que con tus primeras palabras rompían a llorar lamentándose de su propia pena. Descartadas también.

¿Dónde estaban mis amigos de la infancia? ¿Dónde estaban todas aquellas personas que decían quererme tanto? Ahora lo sé, estaban huyendo de nosotros, de nuestro dolor. Como si fuera algo contagioso. Como si el temor a no saber qué decir fuese más grande que las ganas de estar ahí. O, simplemente, que no habían ganas. Encontré una frase en un libro que me pareció una de las más acertadas: “En momentos así, los amigos se convierten en extraños, y los extraños en amigos” (Jorge Bucay, “El camino de las lágrimas”). Y era tan cierto como respirar.

Encontré un grupo de apoyo en Facebook, llamado “Yo estoy con Vos”. Bueno, en realidad, el grupo me encontró a mí, gracias a Vicky, mamá de Martina. Un grupo de ayuda mútua “casero” pero tremendamente efectivo, creado por mujeres (la mayoría de latino américa) que habían perdido uno o más bebés, y que se respaldaban y comprendían las unas a las otras como si se conocieran de toda la vida. Nos acogieron a Jael y a mí con el corazón y los brazos abiertos, y ahí encontré el espacio, aunque virtual, para poder gritar todo lo que callaba. De veras que fueron mi mayor apoyo emocional.

Acudíamos también a la psicóloga del hospital Sant Joan de Déu. Raúl iba a regañadientes, pero iba. Resulta que el que más se desahogaba ahí era él, por lo que en un par de meses decidimos entre los tres que quizá era mejor que acudiera yo sola. Aquello era un desastre. El tema estrella de las sesiones era mi futura segunda maternidad, porque, según ella, era muy importante. Y yo no quería volver a ser madre. Primero debía pasar por una operación uterina más, y ni siquiera había empezado a presentarme a las pruebas. Simplemente, porque no me daba la gana, porque no tenía fuerzas y porque estaba muy harta de mi cuerpo. Y segundo, porque sentía que solamente pensar en un nuevo embarazo era una puñalada al recuerdo de Jael. Sentía que debía serle “fiel” para siempre. Como esas mujeres que enviudan y no vuelven a casarse jamás…

La verdad es que no me ayudaba mucho aquella terapia. Con los días, incluso me recomendó que hablara con mi doctora para que me recetara la medicación oportuna. Si, esa que siempre te mandan cuando estas triste, como si con una pastilla pudieras dejar de estarlo. Y las tomé. Las tomé el tiempo suficiente para darme cuenta de que no era normal que a los cuatro meses de su pérdida, yo ya no llorara por mi hijo. Así que tal y como las empecé, las volví a dejar. Y decidí no agotar el permiso de maternidad por completo y volver al trabajo. Aunque el ambiente era hostil con alguna compañera, pensé que me haría más bien que mal estar ocupada unas seis horas al día. Volver a ser yo, a hacer algo que se me daba bien, a relacionarme con el mundo. Y si, funcionó. A mí me funcionó. Aunque en lo de “volver a ser yo”…

Raúl y yo decidimos tatuarnos en su honor. Sin saberlo, estábamos haciendo todo un ritual por la muerte de nuestro hijo, aunque sus cenizas seguían guardadas en casa. Decidimos también irnos unos días a la costa. Creo que fue el mejor lugar, las mejores vacaciones. Después de tantos meses de tormentas pudimos encontrar algo de paz. Esa paz que sólo el mar sabe devolverte después de que  le entregues tu pena.

Y pasaron los meses, y dejé el trabajo. Y seguía con ese nudo en la garganta, con esa rabia incrustada en el alma, con ese silencio “autoimpuesto” que solamente era capaz de romper en las redes.

¿Autoimpuesto? Si y no. Porque realmente fue una decisión mía, una falta de herramientas sociales quizá, un convencimiento de que tenía que ser así. Quizá si yo lo hubiera hablado con naturalidad desde el principio, si hubiera gritado todo lo que me apetecía gritar, todo hubiera sido distinto. Pero creo también que muy pocas personas supieron darme el espacio para llorar acompañada, y que muy pocas personas fueron capaces de soportar y sostener mi dolor. No lo digo como un reproche, sino como una realidad. No estamos preparados para sostener las emociones de alguien que está hundido, no sabemos hacerlo. A veces creemos que lo hacemos bien incluso, cuando en realidad estamos metiendo la pata hasta el fondo. Por eso es importante el cambio, por eso hay tantas mujeres valientes luchando y trabajando para que aprendamos a ser más humanos. Y para darle a nuestra maternidad el lugar que merece.

Yo tardé tres años en empezar a elaborar un duelo sano. Cuando conocí las herramientas, cuando me di el permiso de sufrir lo que tenía que sufrir. Cuando me informé, leí, aprendí de otras mujeres en duelo. Cuando hice tribu más allá de lo virtual y permití que otras abrazaran mi dolor. Cuando empecé a hablar de Jael con toda la naturalidad del mundo, reivindicando que es y fue mi primer hijo y lo será siempre, le pique a quién le pique. Más vale tarde que nunca dicen…pero mejor aun si no tardas mucho.

Hoy os quiero dejar algunos enlaces relacionados por si queréis seguir leyendo. El primero es el de un artículo que escribí para “El Club de Mamas” sobre la lactancia tras la muerte de un bebé; los otros son posts antiguos del blog, pero para mí son temas tan importantes que no me canso de repetirme:

http://clubdemamas.es/la-lactancia-tras-la-perdida

Cuando alguien a quién quieres pierde un bebé

Cuando no sepas que decir

Un abrazo y gracias por estar.

 

 

2 comentarios sobre “Mi duelo y yo

  1. He encontrado tu blog por casualidad. Con 27 años y 3 buscando un bebe, nos detectan a mi baja reserva ovarica y a mi pareja mala calidad del semen. Primer in vitro y con solo dos embriones buenos… no se queda conmigo.
    Segundo intento al cabo de 3 ‘meses, lo puedo tener solo un mes. Y lo pierdo, mi hijo, que aunque tuviera 1 mes, siempre será mi primer hijo, aunque gente muy cercana no pare de decir que soy muy joven y que con un mes no es nada.
    Para sobrellevar todo hago terapia de duelo 5 meses para aprender a llevar el dolor y en junio pasado por fin pude saber que almenos el dolor sabia llevarlo.

    Ojala estuviese mas reconocido y como dices tu en tu precioso y sentido texto, tuviesemos mas brazos donde llorar sin tener que escuchar nada.
    Yo de momento, sigo luchando.

    Un beso

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    1. Hola Beatriz. Lamento muchísimo tus dos pérdidas. Es muy duro tener que escuchar que lo que tu más amas “no era nada”. Claro que lo era, claro que lo es. Me alegra saber que has encontrado la terapia adecuada para ti y tu duelo, eso será lo que te ayude a llevar el camino que te ha tocado caminar. Y te puedo asegurar que saldrás de él totalmente renovada y empoderada. Espero que pronto puedas ver el arco iris ai es lo que deseas. Te mando un enorme abrazo y millones de besos al cielo

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