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Las etapas del duelo

Imagen de calcetinesdelreves.wordpress.com
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Ya he dicho varias veces que el duelo es un camino. Un camino largo y difícil, en el que encontraremos muchas piedras y muchos obstáculos a superar. Un camino en el que nos encontraremos con la peor parte de nosotros mismos y la de quienes nos rodean. Imagínalo así: es como si de repente te encuentras en un sitio en el que no quieres estar, no has elegido estar ahí, y tu única salida es una puerta. Una puerta que asusta y que conduce a ese camino del que te hablo. Puedes pasarte horas, días y años ante esa puerta; puedes esperar a ver si amaina el temporal, a ver si alguien viene a rescatarte y te abre otra puerta distinta; pero al final, tu único camino es el que tienes delante, y has de pasar por él. Y una vez dentro, habiendo dado el primer paso, comenzarás a elaborar tu duelo. El tuyo, de nadie más.

La doctora Elisabeth Kübler-Ross elaboró un esquema sobre el duelo y lo dividió en cinco fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Cada uno elaborará su duelo como buenamente pueda, y a veces hay fases que no se harán presentes, o no se harán en este orden. Yo quiero explicaros un poco mi vivencia en base a este esquema, y dejar claro que esta será mi interpretación sobre lo que yo viví (y vivo), pero desde luego que no tiene porque darse así.

  • Negación: esta fase la identifico en gran parte con aquél primer momento. El principio de todo. El momento en el que me dijeron “Sin intestino no se puede vivir”. Creo que fueron segundos, un instante mínimo en comparación a todo el camino, en el que mi mente se repetía una y otra vez que aquello no podía estar pasando. A mi no, a mi hijo no. Y también mientras lo despedíamos, ese atisbo de esperanza de que encontraran una solución milagrosa para esa dichosa enfermedad. Pero creo que otra parte de esta fase ya la estaba viviendo antes, mientras esperábamos en la sala, mientras creía firmemente que todo acabaría con una operación y “tan contentos”. Es un auténtico mecanismo de defensa del cerebro, quizá para prepararte para lo que está por llegar, para que el golpe de la caída no sea tan bestia.
  • Ira: creo que esta parte del duelo es la que está más presente en el inicio del camino. Enfado, cabreo, malhumor… Ganas de gritarle al mundo que estás jodida, jodida de verdad. Por ejemplo yo no lo grité. Pero si estaba tan enfadada, tenía tanta rabia en mi interior, que no soportaba ver a una embarazada feliz (a día de hoy me cuesta); no soportaba ver bebés perfectos, embarazos perfectos. La maldita inocencia de quién no ha enterrado a un hijo…me daba y me da una tremenda envidia. Y me preguntaba porqué. Porqué a mi. Y no obtenía respuesta. Y todo me parecía mal: si estaban conmigo me agobiaba, si no venían a verme me lamentaba porque estaba sola. Las penas de los demás me parecían absurdas y me molestaba horrores ver a alguien quejarse por nimiedades. Solamente quería desaparecer, que me dejaran en paz. Y esa ira crecía en las situaciones que ya he nombrado varias veces: cuando me decían frases de consuelo absurdas; cuando no me reconocían como madre; cuando nadie nombraba a mi hijo. Me sentía enfadada y sola, y no hay peor grito que el que no pasa de la garganta. Volví muchas veces a esta fase. Cuando creía estar “mejor”, de repente me encontraba un día igual de enfadada que los primeros meses. Y es que el duelo no es algo lineal, no vas superando etapas. Pero lo “normal” es que cada vez que vuelvas a una fase, la vivas de manera un poco más liviana, aunque sólo sea un poco.
  • Negociación: busco y busco y no identifico esta fase en mi vivencia después de la muerte de Jael. Si la encuentro en el antes, en el hospital, mientras esperábamos el veredicto. Mi negociación con Dios. Un “por favor llévame a mi”, o “si haces que se quede haré esto…”. Pero después, una vez muerto mi hijo, no recuerdo vivir esta fase. Dejé de creer en Dios aquella tarde y hasta hoy (quizá sigo en fase de ira con Él, no sé…). Así que, o no la viví, o no la sé encontrar. (Si alguien quiere alumbrarme le estaré agradecida)
  • Depresión: bien, la palabra depresión a veces puede dar lugar a confusión. No la considero una depresión como tal aunque pueden haber casos en los que sí se de una depresión diagnosticada. Según mis psicólogos yo sufrí una “depresión por trastorno de adaptación”, lo que supone, según ellos, que no supe adaptarme a la muerte de mi hijo. La depresión es otra cosa, en mi opinión personal. Pero la tristeza y la pena inmensa de perder un hijo es algo natural y que debe estar ahí, es el proceso lógico creo yo. Aquí es dónde aparecen las pastillitas mágicas de los doctores, porque estás “deprimida”; aquí es dónde aparecen más frecuentemente las frases de consuelo (“no estés triste”; “eres joven, tendrás más hijos”; “¿Aún estás así?”, etc.); en esta fase es realmente donde mandarías a todo el  mundo a la mierda. Y estás triste, porque has de estarlo, y ninguna fórmula química, ninguna frase inútil y ningún otro hijo hará que dejes de estarlo. ¿Sabes porqué aparece esta fase? Porque has aterrizado en la realidad, y la realidad es que has perdido lo que más amabas. ¿Cómo no estar triste? Porque después del enfado, lo que te queda es empezar a entender que has de vivir con esto, con la muerte de tu bebé. Yo hice un duelo “raro”. Mientras la fase de ira si que la tuve bien presente y la sé reconocer en el tiempo, la fase de depresión fue algo más abstracta. No lloraba acompañada, intentaba no hablar de ello, quería hacer ver que era tan fuerte que todo estaba bien, superado y a otra cosa. Y a la vez, intentaba entender porqué el resto del mundo no validaba mi dolor. Cuando lloraba lo hacía a escondidas, y la verdad es que intentaba evitarlo bastante. Realmente esta fase creo que la abordé después, mucho después. Y fue en la formación de Noelia, de “Comprender para Acompañar”. Solamente en mi presentación rompí a llorar, supongo que al sentirme realmente acompañada y comprendida, sostenida por mujeres que sabían de esto. Recuerdo que aquella misma tarde durante la formación empezó a apoderarse de mi una intensa migraña (con vómitos incluidos). Y me dije “ahora sí, nena, ahora sí”. Después, la liberación, el cansancio… Y a partir de ahí, el reconocimiento. Perder un hijo duele, no sabría decirte algo que duela más. Me di el permiso de estar triste, aunque fuera tres años después, y me di el permiso de llorarle cada vez que me venga en gana. Y de nombrarle, por todas partes. Y por eso, aprovechando estas líneas, quiero decir que siempre estaré agradecida a Noelia, a la formación y a todas las  mujeres que estaban allí (en especial a mis dos Annas), porque gracias a aquél fin de semana mi relación con mi hijo, y con mi duelo, cambió por completo. De hecho, a partir de ahí surgió este blog también.
  • Aceptación: en teoría es el final del camino, el punto al que deberíamos llegar. Pero llegar a aceptar no significa dejar de estar enfadado, o triste…Puedes haber aceptado la muerte de tu hijo y puedes volver a tener días de tristeza profunda. Repito, el duelo no es algo lineal. He escuchado a  muchas mamis decir eso de: “Pensaba que ya estaba bien pero no, vuelvo a estar todo el día llorando”. A eso me refiero. Eso no quiere decir (normalmente) que hayas recaído, que tengas una depresión. El duelo es así, vas dando vueltas y vueltas, una y otra vez, pero cada vez con menos intensidad. Yo recuerdo el momento exacto. Estaba a los pies de mi cama, pensando en los médicos, que me insistían en la operación; pensando en Raúl, que quería volver a ser padre; y pensando en Jael, por supuesto. Y me dije “Vale, esto es una puta mierda. Pero es lo que hay. Hay que seguir y vivir con ello”. No es muy poético, pero fue así. Y empecé a caminar…y empecé a aceptar que lo que nos había pasado era algo horrible, algo que nos había dejado destrozados. Un “Tsunami en el alma”. Pero que yo quería vivir, quería reconstruir y seguir. Y que si ese era mi papel en esta obra, si eso era lo que me había tocado a mí, lo iba a representar de la mejor manera posible. Para mí eso es aceptación. Y no quiere decir que a partir de aquél momento dejara de estar triste, ni enfadada a ratos. Pero sí es cierto que las crisis de pena desgarradora venían con menor intensidad; es cierto que a partir de ese momento empezaba a recordar momentos con mi hijo con un atisbo de sonrisa en mi cara. Y a partir de ahí, la luz…

Concluyo, una vez más, diciendo que esta vivencia será personal y diferente en cada uno. No es una guía a seguir, aunque si es cierto que si somos capaces de analizar en qué fase nos encontramos, el estado de pánico será menor, porque comprenderemos que lo que sentimos forma parte del proceso. Y repito, también, que estas fases pueden darse muchas veces a lo largo del tiempo. Cuando se acerca el aniversario de su nacimiento o su muerte (el cuerpo también tiene memoria); las malditas Navidades; o simplemente porque sí, aunque no sean fechas señaladas. Dar a conocer esto a las familias y personas cercanas nos puede ayudar muchísimo, para que comprendan que lo que nos pasa es algo natural tras haber perdido a una persona tan importante, y que no nos empujen ni presionen para estar de otro modo. Esto para mí es especialmente importante en esos momentos de ira, porque es  más que posible que el resto de tu entorno no entienda tu rabia hacia el mundo y hacia ellos, y pueden provocar malas respuestas que a la vez se traduzcan en un círculo de hostilidad por todas partes. La comprensión es básica, aunque ya sabemos que cuando se trata de duelo gestacional y neonatal es más complicado encontrarla.

Y termino añadiendo una fase a todo el camino. Que no es realmente una fase, sino la esencia de todo. Algo cuya importancia es tan grande, que nada de todo esto tendría sentido si no estuviera presente. ¿Imaginas el qué?

Si, el amor. El amor por nuestro hijo. El amor está presente en todo el proceso de duelo, desde mucho antes de su muerte. Sin el amor, no dolería su pérdida. Sin el amor, no habría camino de duelo, ni rabia, ni tristeza. Y es al final, mas allá de la aceptación, después de todo el sufrimiento, cuando puedes reencontrarte con él y empezar a sentirlo de verdad y sin límites. Me atrevo a decir que el amor que siento por Jael es el más especial que he sentido en la vida. Incondicional, sin miedo, perfecto. Infinito y eterno.

 

Un abrazo y gracias

 

Libros que te gustarán:

  • “Las voces olvidadas”. Editorial OB ESTARE. (Mónica Álvarez, M. Àngels Claramunt, Laura G. Carrascosa, Cristina Silvente)
  • “El camino de las lágrimas”. Editorial Grijalbo. (Jorge Bucay)
  • “La cuna vacía. El doloroso proceso de perder un embarazo”. Editorial La esfera de los Libros. (Rosa Jové, M. Àngels Claramunt, Mónica Álvarez, Emilio Santos Leal)

 

 

Si quieres añadir o comentar algo, ya sabes, escríbeme más abajo. Y si  necesitas caminar acompañada, ponte en contacto conmigo por e-mail (soniamj87@gmail.com).

 

8 comentarios sobre “Las etapas del duelo

    1. Lo siento muchísimo. Entiendo lo que cuentas, es como vivir en un continuo tiovivo…arriba y abajo. Poco a poco, trabajando duro, se sale. Te prometo que un día dolerá menos. ¿Te puedo preguntar cómo se llamaba tu bebé?
      Te mando un abrazo al alma

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      1. Hola. En primer lugar, siento mucho tu pérdida, y siento que te encuentres ahora mismo en ese abismo del que hablas. Al final es eso, un precipicio al que nos ha empujado la vida y del que debemos salir poco a poco.
        Hay muchos recursos a tu alcance, pero primero debería saber de dónde eres y qué tipo de ayuda crees que necesitas para que podamos encontrar el apoyo que más se adapte a tu necesidad. Si quieres, escríbeme al mail soniamj87@gmail.com y lo hablamos todo. Estaré encantada de poder ayudarte a encontrar el acompañamiento que deseas. Un abrazo

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  1. Thanks for spending the time to discuss this, I feel strongly about it and love studying more on this topic. If poslibse, as you turn out to be an expert, would you mind updating your blog with more details?

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