duelo gestacional y neonatal

Feliz Día de la Madre. A todas.

Día de la Madre. Un día de celebraciones, en el que se pretende felicitar a las mamás por su labor, por su entrega y dedicación.

Siempre digo (y lo siento Esther, que sé que no estás de acuerdo) que ser madre es duro, de principio a fin. Porque desde el momento en que eres consciente de que una vida crece dentro de ti, dejas de ser una sola persona. Ya no piensas sólo en ti, y en lo que te gusta hacer, comer, comprar; desde ese instante piensas sólo en el bienestar de tu bebé, y haces lo que haga falta para que él esté bien.

¿Y qué me decís del parto? ¿Y qué me decís del postparto? Esos instantes donde asoman las sombras, donde duele el cuerpo, donde gotean los pechos y los ojos a la par. Instantes en los que, además de todo, sientes el peso de la culpabilidad sobre los hombros porque “deberías estar feliz”.

Ser madre es entrega, lucha, madrugadas sin dormir, duchas rápidas y ojeras en las fotos; es teta (o no), abrazos, y mil besos; es soledad, a veces, y navegar a contracorriente. Y también es amor, sobretodo amor, y la experiencia más humana y más gratificante del mundo. Es entregarte a alguien de manera incondicional, a ciegas, sabiendo que, pase lo que pase, saldrá bien.

Ser  madre me ha hecho crecer, me ha hecho ser mejor persona. Más asertiva, más consciente, más yo. Ha sacado en mí a las peores fieras, las sombras más oscuras; pero la maternidad me ha regalado esa sensación de grandeza, y la afirmación serena de que nunca estaré sola. Pase lo que pase.

Pero hoy no es el Día de la Madre para todas las madres.

Hoy hay muchas madres que esperan ser felicitadas, y no lo son. Que aguardan en su rincón aunque festejan en familia quizá. Que saben que son madres, que así se sienten ellas, que lo son. Claro que lo son.

Esas madres que han perdido a su bebé, que para el resto del mundo ya no son madres y ya no merecen flores. Que deberían olvidar, superar, seguir adelante, volver a ser madres para ser felicitadas. Que no deberían llorar, ni recordar, ni vivir en el pasado ni en lo que no pudo ser.

Que injusto ¿verdad?

Pues es así. Lo sé, porque yo he estado ahí, en ese rincón, de espaldas al mundo pero sonriendo como si no importara. He estado felicitando a madres, esperando lo mismo de vuelta, y no sucedió.

El primer Día de la Madre sin Jael (un mes tras su muerte) tan sólo una persona se “atrevió” a felicitarme. Yo no quería flores ni regalos, yo sólo quería reconocimiento, apoyo, comprensión, luz. Que no me quitaran mi papel en el mundo, porque ahora ya era ese: ser la mamá de Jael. Y el año siguiente, fue igual. Y era incapaz de comprender cómo un año después, embarazada de Gary, si que recibía felicitaciones. Según su lógica aplastante tampoco era madre entonces, ¿no?

Comprendo (hoy lo comprendo) que lo que nos impide dar ese paso es el miedo: el miedo a hacer daño, a hacer llorar a alguien que aprecias. Y comprendo que todo lo que hacen las personas de nuestro alrededor, las que nos quieren, lo hacen desde lo más hondo de su corazón.

Y que lo hacen también, me vais a perdonar, desde la más absoluta ignorancia. Tampoco es algo a lo que estemos acostumbrados. No es lo habitual, no muchas veces nos hemos de plantear si felicitar o no a una madre. Aunque duele, no deja de doler por eso. Piénsalo: no se puede perder el “título” de madre o padre una vez logrado, al igual que no se puede perder el de hijo.

Yo puedo recordar ese instante en el que fui felicitada como el único momento feliz de aquél día. El único, el más intenso, el más emocionante. Y no olvido ni el lugar, ni el instante. No me hizo daño, no me hizo enfadar. Me hizo sonreír y estar eternamente agradecida.

Por eso, porque estuve ahí, te animo hoy a felicitar a TODAS las madres que conozcas. Si, también a las madres en duelo.

Ésas que hoy tienen la mirada en otra parte. Que probablemente, llorarán a escondidas un ratito antes de verte.

Ésas que albergaron la vida en sus vientres, en sus brazos quizá; ésas que tuvieron que despedirse con todo el dolor y el amor de su corazón.

Que vieron partir al ser que más habían amado, que sostuvieron la vida y la muerte por igual.

Que también luchan con su maternidad a diario, vaya si luchan. Que también tienen ojeras por no dormir, aunque por otros motivos.

Las que están en duelo, a las que les duele el alma y el cuerpo. Las que no pueden abrazar ni besar, las de brazos vacíos y corazón roto.

Ésas que durante el resto de sus vidas harán un guiño al cielo cuando escuchen la palabra “hijo”. Las que tengan los hijos que tengan, guardarán siempre un hueco en su alma para el que murió.

Ésas que hoy, probablemente, se sientan aún un poquito más solas e incomprendidas si cabe.

Te animo, de verdad a hacerlo. No hará falta mucho: Un “Feliz día” y un abrazo serán suficientes. Estoy convencida de que te lo agradecerá por siempre.

Lo sé, porque estuve ahí.

Feliz día de la Madre. A todas. Pero muy en especial a las Mamás de Biel, Ashley, Roc y Unai.

 

 

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