duelo gestacional y neonatal

No quiero olvidar

La otra noche tuve un sueño de esos que trascienden, que aprietan el recuerdo, que erizan el vello. Esos sueños que llegan sin motivo aparente y que desmontan la realidad a la que estamos acomodados.

Soñé que tenía otro hijo. Su nombre, Óscar. No sé porqué Óscar, pero ese era su nombre. Así de real era el sueño.

Soñé que todo se repetía: una cesárea con anestesia general, un bebé muy prematuro. Yo estaba de pie, a las puertas de una sala en un pasillo oscuro, y Raúl me decía que nuestro hijo se moría. Y yo, en mi estado de semi-inconsciencia, me decía a mí misma que no podía estar pasándome esto otra vez. Que ni siquiera me había dado tiempo a verlo, que solamente tenía un día. Que no conocía a mi hijo y ahora se estaba muriendo. Y sentí la prisa, la urgencia por abrazarlo, por acompañarlo en su muerte como hice con Jael. Y sentí que esta vez sabía lo que tenía que hacer, porque no era la primera vez. Me vi en este sueño elaborando una caja de recuerdos, buscando una cámara para hacerle fotos, pensando cómo sería el entierro.

Pero lo que más me asombra es que sentí el dolor intenso otra vez, la demolición de mi mundo, otra vez. Lo sentí tan cierto, tan real, que cuando desperté me costó creer que sólo había sido una pesadilla. Y me costó, también, descubrir que esa pena tan inmensa se había disipado en mi vida.

La verdad, no sé cómo he sido capaz de “olvidar” eso. No sé cómo, pero he sido capaz de recomponer todos esos pedazos y seguir con mi vida. No con la vida de antes, con una nueva y completamente diferente, ajena a la inocencia que te da un primer embarazo.

Y me di cuenta de que no quiero olvidar eso. No quiero olvidar esas lágrimas, ese dolor tan intenso, ese pellizco en el alma. Esa pena desgarradora que te hace gritar y sollozar en la ducha. No quiero olvidar lo que se siente cuando te despides de lo que más amas, lo que es estar dentro del pozo.

Pero lo cierto es, que aunque jamás se olvida, ese desastre emocional se difumina con los años. Recuerdo que las chicas del grupo me lo decían: “Todo esto pasará”, “Un día no dolerá tanto”. Y al principio, no las creía, no podía creerlas. Tampoco quería creerlas, porque para mí Jael era eso, dolor. Lo sentía como “mi deber como madre”, y si el dolor se iba…¿Qué clase de madre sería si era capaz de volver a ser feliz sin él? Pero esa es la gran verdad del duelo, que no dura eternamente, que poco a poco se va transformando y tan sólo te queda el amor y quizá un poco de nostalgia por lo que pudo ser y no fue.

El caso es que la sacudida que me trajo Óscar en un sueño me ha hecho reflexionar. Me ha traído sentimientos enterrados, recuerdos oscuros de las lágrimas que vivimos. Y cuando digo que no quiero olvidar no me refiero a que quiero vivir en ese dolor para siempre, ni mucho menos. Aunque quisiera, no creo que pudiera, porque hoy Jael es mucho más que muerte, mucho más.

Pero si quiero recordar de dónde viene esta nueva Yo, cuáles son los cimientos en los que se apoya mi nueva vida. Quiero recordar esto al acercarme a otra madre que pasa por ello ahora mismo, poder ponerme en su piel de verdad, ofrecer un abrazo sincero y una visita a ese mundo en el que yo ya estuve. No quiero quedarme en el “Un día dolerá menos”, porque se que es cierto y se que puede reconfortar, pero hasta que ese día llega, hay mucha oscuridad y mucho miedo.

Y sobretodo, sobretodo, quiero quedarme con todo lo que trajo Jael a mi vida, también con el recuerdo de esa pena devastadora, aunque hoy sólo sea un recuerdo.

Es curioso, nunca sueño con Jael aunque lo deseo con todas mis fuerzas cada noche, antes de dormir. Quién sabe, quizá este sueño haya sido un guiño suyo 😉

 

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