duelo gestacional y neonatal

Considera mi duelo

Mi hijo ha muerto, y estoy en duelo.

Quizá no alcances nunca a entender lo que siento. Espero y deseo de corazón que así sea. Pero estoy en duelo, y duele.

Me duele tanto que a veces pienso que no seré capaz de soportarlo. A veces me falta el aire, y a veces me sobra. Me sobra el aire, me sobra el pulso, me sobra el tiempo. Y me falta él.

Necesito que comprendas que no estoy loca, ni deprimida, ni anclada en el pasado. “Tan sólo” estoy en duelo.

Que lo que me ha pasado no tiene nombre. Que he perdido lo que más amaba en el mundo, una gran parte de mí.

Comprende que para mí la vida ya no tiene el mismo sentido, que he visto y he sentido como la naturaleza me traicionaba sin piedad, por la espalda. Que he perdido la inocencia, para siempre.

Entiende que no puedes empujarme a ser la misma de antes, esa ya no volverá. Estoy destruida, aniquilada. Ahora soy desierto, invierno, limbo…soy cenizas en una urna.

Que quizá, durante más o menos tiempo, no quiera salir, ni hablar, ni comer, ni reír. Que es posible que no responda a tus mensajes, a tus llamadas. Entiende que no vaya a eventos que para tí son importantes: para mí son un esfuerzo sobrehumano.

Que es posible que no sea capaz de alegrarme de tus logros, que no pueda celebrar tus momentos de felicidad. Es más que posible que no pueda alegrarme de un embarazo o de un nacimiento. Entiende que también me sentiré mal por esto.

Comprende que no hay consuelo posible, que no hay palabras. Que esto no tiene nombre.

Entiende que ahora me replanteo muchas cosas: mi fe, mi vida, mis sueños. Todo se ha derrumbado, todo.

Necesito que entiendas que él siempre será mi hijo, que jamás podría olvidarlo, pasar página, seguir con mi vida como si nada. Que me gustaría que tú lo tuvieras presente también.

Considera mi duelo.

Yo entenderé si te alejas. Quizá no ahora, pero lo entenderé con el tiempo. Porque no debe ser fácil quedarse al lado de alguien que llora una muerte; porque no debe ser fácil soportar la destrucción de alguien a quién quieres.

Entenderé que no entiendas, casi me alegraré de que no lo hagas. Porque, ya sabes, esto sólo lo puede comprender  quien lo vive en su propia piel.

Comprenderé que no sepas cómo ayudarme. Yo tampoco lo sé.

Pero si decides quedarte, si al final te quedas conmigo a recoger pedazos, te estaré eternamente agradecida. Quizá no ahora, ahora no sé ni porqué respiro. Estoy segura de que, con el tiempo, recuerdo tu presencia en mi infierno.

Sólo necesito de ti…

…que no dejes de llamarme para tomar ese café, aunque siempre me niegue.  Llegará el día en que acepte, y será gracias a ti.

…que intentes entender, aunque no puedas.

…que me dejes hablar. Que me dejes saborear este dolor que es tan mío y que, por ahora, es lo único que creo tener de mi hijo.

…que no hagas ni digas nada, no hace falta. Sólo quédate.

Necesito encontrar una mirada serena cuando hablo de él. Unos oídos pacientes, unos brazos que me acojan y sostengan, un corazón dispuesto a acompañarme. Que me dejes llorar. Que me esperes en silencio mientras lloro.

Necesito que sepas que, cuando hablas de él, no me lo estás “recordando”, no estás avivando mi dolor. No hay un sólo segundo de mi vida en el que yo deje de recordarlo. Pero cuando escucho su nombre en otra voz, me siento bien. De verdad, me siento bien. Me gusta saber que también lo recuerdas y que también lo añoras; me gusta saber que no sólo existió en mí.

Necesito hablar de él para no ahogarme en mis pensamientos, necesito darle forma a todo esto, ponerle nombre. Y me gustaría hacerlo sin provocar una sacudida en ti, aunque sé que no puedo pedirte tanto.

Necesitaré ayuda, quizá necesite que me ayudes a encontrarla.

Y necesitaré tiempo. Sé que algún día saldré de esto y lo haré renovada, con otra luz, con otra fuerza. Sé que él me guiará en mi nuevo camino. Sé que recogeré mis ruinas, mis cristales rotos, y crearé algo nuevo.

Pero necesito tiempo, aún no sé cuánto. Tiempo para sanar, para transformar mi dolor en amor, para darle un lugar a mi hijo en mi nueva vida. Te pido paciencia, amor y comprensión.

Considera mi duelo, respétalo y ayúdame a que yo misma lo respete.

 

Gracias a las personas que supisteis estar a mi lado, ya sabéis quiénes sois. A Sonia, a Andrea, a Adriana.

Gracias a las personas que quisisteis estar, pero encontrasteis en mi sólo un muro.

Gracias también a las que no pudisteis/supisteis/quisisteis. Ahora lo entiendo.

 

Este post está inspirado en un texto de Jorge Bucay, en el libro “El camino de las lágrimas”, llamado “Carta a mi mejor amiga”. No he encontrado el texto original, pero comparto un post de unas compañeras en el que lo incluyen:

Carta a mi mejor amiga.

También lo he escrito recordando un video que me llegó en pleno duelo y que siempre me ha hecho reafirmarme en mis sentimientos. Uno de los imprescindibles:

Considera mi duelo

 

Gracias.

 

duelo gestacional y neonatal·embarazo arcoiris

Relato: Los arcoiris de Elena

Yo tengo dos arcoíris.

Mi hija mayor terrenal tiene 8 años. Su embarazo fue con miedo hasta la semana doce, pues la pérdida del anterior embarazo fue en la semana ocho. De ahí hasta la semana veinte fue todo genial, pero entonces empezó otro calvario: le detectaron a mi hija una displasia en el riñón izquierdo. El ginecólogo que hizo esa ecografía nos dijo, literalmente, que era muy grave, y que seguramente perdería el riñón al nacer. Pedimos segunda opinión y si, era cierto que tenia esa afectación, pero nos aseguró que era algo que seguramente se arreglaría sólo al nacer. Por supuesto, dadas nuestras circunstancias y nuestra experiencia anterior, aún con el segundo diagnóstico ya no estuve más tranquila del todo. Nada más nacer, a mi hija le administraron antibióticos. Los tuvo que tomar durante quince días por ese motivo. Luego tuvo revisiones del riñón hasta los 6 meses.

Tras esta experiencia, a parte del miedo hasta superar el primer trimestre, empecé a sentir pánico a la llegada de la ecografía de las veinte semanas. Y mi destino me llevó a que perdí a mi hija Marta, con la ecografía morfológica programada pero muerta a las diecisiete; y después Ona y Abril, mis gemelas, que murieron a las quince semanas justo cuando iban a programármela.
Después de estas pérdidas seguía sumando miedos. Ahora también tenía miedo a no llegar al ecuador del embarazo y, si llegaba, miedo a que me dijeran que algo no iba bien. Y miedo en general, a cualquier ecografía, a que me dijeran que mi bebé estaba muerto. Había visto demasiados bebés muertos ya en ese maldito aparato.

Tras dos pérdidas tempranas más llego mi ansiado segundo arcoíris. Me gustaría decir que fue un embarazo feliz y tranquilo, pero mentiría y mucho. Vi mi positivo y no estaba ni contenta, ni triste, ni nada. Sólo pensaba “para qué vas a sentir nada, si también se va a morir“. En este embarazo me tenía que poner a diario cuatro óvulos, tomar una pastilla y picharme heparina para prevenir que no pasara de nuevo. Daba igual. No confiaba en nada de nada.

Fui a la primera eco de seis semanas dando por hecho que dirían que o no había nada, o estaba muerto. Y me dijeron que todo estaba bien, pero igualmente no logré conectar ni emocionarme. Es triste lo que cuento, pero seguía pensando que no duraría. Me hacían ecografías de control cada quince días, y cada vez que íbamos le decía a mi marido que si el bebé estaba muerto, nunca más me quedaría embarazada. Pero quería otro hijo, así que me empezaba a plantear la opción de adoptar.

En la semana diecisiete, ya me puse a llorar en cuanto me pusieron el gel frío en el vientre. Mi mente se despedía para siempre de mi bebé. De esa semana ya no pasaríamos. Por suerte, enseguida me dijeron que el bebé estaba bien y la verdad, fue una bendición, porque cuando pasé esa ecografía fue cuando dije a la gente (incluso a la familia) que estaba embarazada.

A partir de ahí no diré que fue todo fácil, pero si pasé una etapa importante y el hecho de traspasar mi barrera psicológica, coincidiendo con el momento que empiezan a notarse más los bebés, me tranquilizaba. Aunque también es verdad que a la que no la notaba en un tiempo mi mente se iba a pensamientos más oscuros. Entonces ponía música y no fallaba, se movía.

Hacia el final de mi embarazo yo ya estaba otra vez con mucha ansiedad por miedo a que pasara algo. No entiendo el motivo, porque mis pérdidas no fueron en embarazos tan avanzados, pero el caso es que me pasó así. A esa ansiedad tuve que sumar que mi abuela enfermó, y estando yo de treinta y ocho  semanas murió.

Mi arcoíris nació en un parto horrible. Fue rápido,  pero hacia el final hizo bradicardias y acabé llorando a grito pelado que no quería que se me muriera otra hija. Y me hicieron caso, y apareció un montón de gente para ayudarnos, y en dos segundos con dos pujos míos salió mi hija pequeña. Mi segundo arcoíris. Último embarazo para siempre.

Me da mucha pena decirlo, pero mi experiencia en la maternidad no ha sido la típica bucólica y bonita, desde el segundo embarazo ya tenía mil miedos. Y al séptimo y último llegué con muchos más miedos, que hicieron que a nivel psicológico no fuera nada sencillo.

Pero pese a todo, mereció la pena, porque tengo a mis cinco hijas, tres de ellas invisibles, y unas cuantas estrellas que hacen mi cielo más brillante.

duelo gestacional y neonatal

No quiero olvidar

La otra noche tuve un sueño de esos que trascienden, que aprietan el recuerdo, que erizan el vello. Esos sueños que llegan sin motivo aparente y que desmontan la realidad a la que estamos acomodados.

Soñé que tenía otro hijo. Su nombre, Óscar. No sé porqué Óscar, pero ese era su nombre. Así de real era el sueño.

Soñé que todo se repetía: una cesárea con anestesia general, un bebé muy prematuro. Yo estaba de pie, a las puertas de una sala en un pasillo oscuro, y Raúl me decía que nuestro hijo se moría. Y yo, en mi estado de semi-inconsciencia, me decía a mí misma que no podía estar pasándome esto otra vez. Que ni siquiera me había dado tiempo a verlo, que solamente tenía un día. Que no conocía a mi hijo y ahora se estaba muriendo. Y sentí la prisa, la urgencia por abrazarlo, por acompañarlo en su muerte como hice con Jael. Y sentí que esta vez sabía lo que tenía que hacer, porque no era la primera vez. Me vi en este sueño elaborando una caja de recuerdos, buscando una cámara para hacerle fotos, pensando cómo sería el entierro.

Pero lo que más me asombra es que sentí el dolor intenso otra vez, la demolición de mi mundo, otra vez. Lo sentí tan cierto, tan real, que cuando desperté me costó creer que sólo había sido una pesadilla. Y me costó, también, descubrir que esa pena tan inmensa se había disipado en mi vida.

La verdad, no sé cómo he sido capaz de “olvidar” eso. No sé cómo, pero he sido capaz de recomponer todos esos pedazos y seguir con mi vida. No con la vida de antes, con una nueva y completamente diferente, ajena a la inocencia que te da un primer embarazo.

Y me di cuenta de que no quiero olvidar eso. No quiero olvidar esas lágrimas, ese dolor tan intenso, ese pellizco en el alma. Esa pena desgarradora que te hace gritar y sollozar en la ducha. No quiero olvidar lo que se siente cuando te despides de lo que más amas, lo que es estar dentro del pozo.

Pero lo cierto es, que aunque jamás se olvida, ese desastre emocional se difumina con los años. Recuerdo que las chicas del grupo me lo decían: “Todo esto pasará”, “Un día no dolerá tanto”. Y al principio, no las creía, no podía creerlas. Tampoco quería creerlas, porque para mí Jael era eso, dolor. Lo sentía como “mi deber como madre”, y si el dolor se iba…¿Qué clase de madre sería si era capaz de volver a ser feliz sin él? Pero esa es la gran verdad del duelo, que no dura eternamente, que poco a poco se va transformando y tan sólo te queda el amor y quizá un poco de nostalgia por lo que pudo ser y no fue.

El caso es que la sacudida que me trajo Óscar en un sueño me ha hecho reflexionar. Me ha traído sentimientos enterrados, recuerdos oscuros de las lágrimas que vivimos. Y cuando digo que no quiero olvidar no me refiero a que quiero vivir en ese dolor para siempre, ni mucho menos. Aunque quisiera, no creo que pudiera, porque hoy Jael es mucho más que muerte, mucho más.

Pero si quiero recordar de dónde viene esta nueva Yo, cuáles son los cimientos en los que se apoya mi nueva vida. Quiero recordar esto al acercarme a otra madre que pasa por ello ahora mismo, poder ponerme en su piel de verdad, ofrecer un abrazo sincero y una visita a ese mundo en el que yo ya estuve. No quiero quedarme en el “Un día dolerá menos”, porque se que es cierto y se que puede reconfortar, pero hasta que ese día llega, hay mucha oscuridad y mucho miedo.

Y sobretodo, sobretodo, quiero quedarme con todo lo que trajo Jael a mi vida, también con el recuerdo de esa pena devastadora, aunque hoy sólo sea un recuerdo.

Es curioso, nunca sueño con Jael aunque lo deseo con todas mis fuerzas cada noche, antes de dormir. Quién sabe, quizá este sueño haya sido un guiño suyo 😉

 

duelo gestacional y neonatal

Feliz Día de la Madre. A todas.

Día de la Madre. Un día de celebraciones, en el que se pretende felicitar a las mamás por su labor, por su entrega y dedicación.

Siempre digo (y lo siento Esther, que sé que no estás de acuerdo) que ser madre es duro, de principio a fin. Porque desde el momento en que eres consciente de que una vida crece dentro de ti, dejas de ser una sola persona. Ya no piensas sólo en ti, y en lo que te gusta hacer, comer, comprar; desde ese instante piensas sólo en el bienestar de tu bebé, y haces lo que haga falta para que él esté bien.

¿Y qué me decís del parto? ¿Y qué me decís del postparto? Esos instantes donde asoman las sombras, donde duele el cuerpo, donde gotean los pechos y los ojos a la par. Instantes en los que, además de todo, sientes el peso de la culpabilidad sobre los hombros porque “deberías estar feliz”.

Ser madre es entrega, lucha, madrugadas sin dormir, duchas rápidas y ojeras en las fotos; es teta (o no), abrazos, y mil besos; es soledad, a veces, y navegar a contracorriente. Y también es amor, sobretodo amor, y la experiencia más humana y más gratificante del mundo. Es entregarte a alguien de manera incondicional, a ciegas, sabiendo que, pase lo que pase, saldrá bien.

Ser  madre me ha hecho crecer, me ha hecho ser mejor persona. Más asertiva, más consciente, más yo. Ha sacado en mí a las peores fieras, las sombras más oscuras; pero la maternidad me ha regalado esa sensación de grandeza, y la afirmación serena de que nunca estaré sola. Pase lo que pase.

Pero hoy no es el Día de la Madre para todas las madres.

Hoy hay muchas madres que esperan ser felicitadas, y no lo son. Que aguardan en su rincón aunque festejan en familia quizá. Que saben que son madres, que así se sienten ellas, que lo son. Claro que lo son.

Esas madres que han perdido a su bebé, que para el resto del mundo ya no son madres y ya no merecen flores. Que deberían olvidar, superar, seguir adelante, volver a ser madres para ser felicitadas. Que no deberían llorar, ni recordar, ni vivir en el pasado ni en lo que no pudo ser.

Que injusto ¿verdad?

Pues es así. Lo sé, porque yo he estado ahí, en ese rincón, de espaldas al mundo pero sonriendo como si no importara. He estado felicitando a madres, esperando lo mismo de vuelta, y no sucedió.

El primer Día de la Madre sin Jael (un mes tras su muerte) tan sólo una persona se “atrevió” a felicitarme. Yo no quería flores ni regalos, yo sólo quería reconocimiento, apoyo, comprensión, luz. Que no me quitaran mi papel en el mundo, porque ahora ya era ese: ser la mamá de Jael. Y el año siguiente, fue igual. Y era incapaz de comprender cómo un año después, embarazada de Gary, si que recibía felicitaciones. Según su lógica aplastante tampoco era madre entonces, ¿no?

Comprendo (hoy lo comprendo) que lo que nos impide dar ese paso es el miedo: el miedo a hacer daño, a hacer llorar a alguien que aprecias. Y comprendo que todo lo que hacen las personas de nuestro alrededor, las que nos quieren, lo hacen desde lo más hondo de su corazón.

Y que lo hacen también, me vais a perdonar, desde la más absoluta ignorancia. Tampoco es algo a lo que estemos acostumbrados. No es lo habitual, no muchas veces nos hemos de plantear si felicitar o no a una madre. Aunque duele, no deja de doler por eso. Piénsalo: no se puede perder el “título” de madre o padre una vez logrado, al igual que no se puede perder el de hijo.

Yo puedo recordar ese instante en el que fui felicitada como el único momento feliz de aquél día. El único, el más intenso, el más emocionante. Y no olvido ni el lugar, ni el instante. No me hizo daño, no me hizo enfadar. Me hizo sonreír y estar eternamente agradecida.

Por eso, porque estuve ahí, te animo hoy a felicitar a TODAS las madres que conozcas. Si, también a las madres en duelo.

Ésas que hoy tienen la mirada en otra parte. Que probablemente, llorarán a escondidas un ratito antes de verte.

Ésas que albergaron la vida en sus vientres, en sus brazos quizá; ésas que tuvieron que despedirse con todo el dolor y el amor de su corazón.

Que vieron partir al ser que más habían amado, que sostuvieron la vida y la muerte por igual.

Que también luchan con su maternidad a diario, vaya si luchan. Que también tienen ojeras por no dormir, aunque por otros motivos.

Las que están en duelo, a las que les duele el alma y el cuerpo. Las que no pueden abrazar ni besar, las de brazos vacíos y corazón roto.

Ésas que durante el resto de sus vidas harán un guiño al cielo cuando escuchen la palabra “hijo”. Las que tengan los hijos que tengan, guardarán siempre un hueco en su alma para el que murió.

Ésas que hoy, probablemente, se sientan aún un poquito más solas e incomprendidas si cabe.

Te animo, de verdad a hacerlo. No hará falta mucho: Un “Feliz día” y un abrazo serán suficientes. Estoy convencida de que te lo agradecerá por siempre.

Lo sé, porque estuve ahí.

Feliz día de la Madre. A todas. Pero muy en especial a las Mamás de Biel, Ashley, Roc y Unai.

 

 

duelo gestacional y neonatal·familia

Mi hijo se llama Jael

Durante mucho tiempo oculté al mundo que tenía un hijo. Es así, me arrepiento, pero supongo que no podía hacer otra cosa en aquél momento.

Cuando me preguntaban: “¿Tienes hijos?”, casi siempre contestaba que no. Y por dentro gritaba que sí.

O durante el embarazo de Gary, cuando me decían “¿Es el primero?”, casi siempre respondía que sí. Pero mis entrañas, mi útero, gritaban que no. Que no era el primero, que antes hubo otro bebé en mi vientre.

No puedo pediros que comprendáis esto, sobretodo aquellas personas que habéis visto partir un hijo y que lo habéis nombrado desde el principio. No, no puedo pediros comprensión. Pero quiero deciros que para mi había una explicación muy sencilla: autoprotección.

No es que quisiera olvidar, sabía que jamás podría; tampoco quería renegar de mi bebé, del gran amor de mi vida.

Lo único que pretendía era dejar de explicar a todo el mundo que mi hijo había muerto. Porque eso hacía mi pérdida real, tangible, presente. Porque no podía evitar que con las primeras palabras afloraran las lágrimas imparables y ruidosas, retenidas durante tanto tiempo, como esperando una pequeña rendija para escapar.

Porque siempre he sido muy reservada, mis amigas se han quejado toda la vida de que tenían que sacarme las cosas a la fuerza. Me ha costado mucho expresar mis sentimientos desde siempre, y no hay sentimiento más profundo que el dolor por un hijo. Por eso precisamente este blog.

Porque estaba cansada de escuchar las típicas frases sin sentido, esas que aparecen cuando se habla de bebés que fallecen. Creo que todos sabéis de que frases hablo. Era agotador e inútil tratar de hacer presente un dolor cuando el resto del mundo sólo quería demostrarme que estaba exagerando, que no tenía derecho a sentirme así.

Porque estaba cansada, también, de las caras de horror y los ojos emocionados. Porque no, nadie quería escuchar aquello, nadie quería oir hablar de niños muertos. Y lo entiendo, yo antes tampoco quería.

Por eso mentía. Mentía, y después le pedía mil veces perdón a Jael por haberle negado, por no haber dicho su nombre bien alto, por haberle quitado su lugar en mi mundo.

Me hice un tatuaje con su nombre, a los pocos meses de su muerte. Su nombre, su precioso nombre envuelto en unas alas de ángel. Eso era para mí en aquél momento: mi ángel, mi pena, mi dolor. Y entonces, cuando me preguntaban que quién era Jael, yo sólo respondía: “Es mi hijo”. Sin más. No hacía falta más.

En parte fue liberador. Los curiosos que seguían preguntando al final se encontraban con la realidad: “Es mi hijo, pero murió”. Y vuelta a empezar.

Pero después de nacer Gary ya sabéis, todo cambió. Jael ocupó su lugar, el de mi primer hijo. Ahora no dudo en decir que tengo dos hijos, que Gary tiene un hermano. Y que sí, que Jael murió hace cinco años, pero que sigue siendo mi hijo y lo será siempre. Supongo que el tiempo y el trabajo personal hacen la diferencia. Supongo que ese es el resultado de mi aprendizaje.

Me di cuenta de que la única barrera era yo misma. Que no importa que los demás piensen que estás loca, o que no lo has “superado”, o que ya deberías olvidar “aquello que pasó“. Da igual, es que no ha de importarme. Lo único que importa es que yo lo siento así, y así debo transmitirlo. Para serme fiel a mí, y a mis hijos. Para romper el silencio de los bebés que se van, al menos en la pequeña parte que me ha tocado.

Os cuento esto porque el otro día recibí un gran regalo. Trabajo en una tienda de ropa, una gran cadena, y estos días han sido de bastante movimiento de clientes. Una tarde entró una familia francesa, una mamá con sus dos hijas y su hijo. Y escuché como llamaba a una de ellas “Jael”. Si, una de esas chicas se llamaba Jael. Era rubia, preciosa, de unos diecisiete años.

Se me erizó el vello. Supongo que todos los que hemos perdido a alguien sentimos eso cuando oímos sus nombres, pero estaréis conmigo en que Jael no es un nombre muy común. Entonces, cuando vinieron a pagar sus compras, el chico vió mi tatuaje:

-“¿Vous appelez Jael?”.

-“Non, mon fil s’appelle Jael”.

Y me di cuenta de que lo dije sin que me temblara la voz. Sin que la sangre trepase por mi cuello hasta mi cara; sin que las lágrimas llamaran a la puerta y sin esperar tener que dar más explicaciones. Lo dije convencida de que esa es mi realidad, la realidad de mi familia. Lo dije saboreando lo dulce que suenan esas palabras en francés. Y lo dije con orgullo de madre, porque así es como siento a mi guerrero.

Nunca, nunca, nunca más negaré que tuve un hijo antes que Gary. Un hijo que vivió y murió para darme las más maravillosas lecciones de vida.

Y es que, si no lo nombro yo, ¿Quién lo hará?

Mi hijo, mi primer hijo, se llama Jael. ¿Y el tuyo?