duelo gestacional y neonatal·embarazo arcoiris

Relato: Los arcoiris de Elena

Yo tengo dos arcoíris.

Mi hija mayor terrenal tiene 8 años. Su embarazo fue con miedo hasta la semana doce, pues la pérdida del anterior embarazo fue en la semana ocho. De ahí hasta la semana veinte fue todo genial, pero entonces empezó otro calvario: le detectaron a mi hija una displasia en el riñón izquierdo. El ginecólogo que hizo esa ecografía nos dijo, literalmente, que era muy grave, y que seguramente perdería el riñón al nacer. Pedimos segunda opinión y si, era cierto que tenia esa afectación, pero nos aseguró que era algo que seguramente se arreglaría sólo al nacer. Por supuesto, dadas nuestras circunstancias y nuestra experiencia anterior, aún con el segundo diagnóstico ya no estuve más tranquila del todo. Nada más nacer, a mi hija le administraron antibióticos. Los tuvo que tomar durante quince días por ese motivo. Luego tuvo revisiones del riñón hasta los 6 meses.

Tras esta experiencia, a parte del miedo hasta superar el primer trimestre, empecé a sentir pánico a la llegada de la ecografía de las veinte semanas. Y mi destino me llevó a que perdí a mi hija Marta, con la ecografía morfológica programada pero muerta a las diecisiete; y después Ona y Abril, mis gemelas, que murieron a las quince semanas justo cuando iban a programármela.
Después de estas pérdidas seguía sumando miedos. Ahora también tenía miedo a no llegar al ecuador del embarazo y, si llegaba, miedo a que me dijeran que algo no iba bien. Y miedo en general, a cualquier ecografía, a que me dijeran que mi bebé estaba muerto. Había visto demasiados bebés muertos ya en ese maldito aparato.

Tras dos pérdidas tempranas más llego mi ansiado segundo arcoíris. Me gustaría decir que fue un embarazo feliz y tranquilo, pero mentiría y mucho. Vi mi positivo y no estaba ni contenta, ni triste, ni nada. Sólo pensaba “para qué vas a sentir nada, si también se va a morir“. En este embarazo me tenía que poner a diario cuatro óvulos, tomar una pastilla y picharme heparina para prevenir que no pasara de nuevo. Daba igual. No confiaba en nada de nada.

Fui a la primera eco de seis semanas dando por hecho que dirían que o no había nada, o estaba muerto. Y me dijeron que todo estaba bien, pero igualmente no logré conectar ni emocionarme. Es triste lo que cuento, pero seguía pensando que no duraría. Me hacían ecografías de control cada quince días, y cada vez que íbamos le decía a mi marido que si el bebé estaba muerto, nunca más me quedaría embarazada. Pero quería otro hijo, así que me empezaba a plantear la opción de adoptar.

En la semana diecisiete, ya me puse a llorar en cuanto me pusieron el gel frío en el vientre. Mi mente se despedía para siempre de mi bebé. De esa semana ya no pasaríamos. Por suerte, enseguida me dijeron que el bebé estaba bien y la verdad, fue una bendición, porque cuando pasé esa ecografía fue cuando dije a la gente (incluso a la familia) que estaba embarazada.

A partir de ahí no diré que fue todo fácil, pero si pasé una etapa importante y el hecho de traspasar mi barrera psicológica, coincidiendo con el momento que empiezan a notarse más los bebés, me tranquilizaba. Aunque también es verdad que a la que no la notaba en un tiempo mi mente se iba a pensamientos más oscuros. Entonces ponía música y no fallaba, se movía.

Hacia el final de mi embarazo yo ya estaba otra vez con mucha ansiedad por miedo a que pasara algo. No entiendo el motivo, porque mis pérdidas no fueron en embarazos tan avanzados, pero el caso es que me pasó así. A esa ansiedad tuve que sumar que mi abuela enfermó, y estando yo de treinta y ocho  semanas murió.

Mi arcoíris nació en un parto horrible. Fue rápido,  pero hacia el final hizo bradicardias y acabé llorando a grito pelado que no quería que se me muriera otra hija. Y me hicieron caso, y apareció un montón de gente para ayudarnos, y en dos segundos con dos pujos míos salió mi hija pequeña. Mi segundo arcoíris. Último embarazo para siempre.

Me da mucha pena decirlo, pero mi experiencia en la maternidad no ha sido la típica bucólica y bonita, desde el segundo embarazo ya tenía mil miedos. Y al séptimo y último llegué con muchos más miedos, que hicieron que a nivel psicológico no fuera nada sencillo.

Pero pese a todo, mereció la pena, porque tengo a mis cinco hijas, tres de ellas invisibles, y unas cuantas estrellas que hacen mi cielo más brillante.

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Belly Painting. Un recurso para reforzar el vínculo.

En mi anterior post (puedes leerlo aquí) os hablaba de lo que supone, desde mi punto de vista, estar embarazada de nuevo después de perder un bebé. Como en todo, cada mujer lo sentirá de una manera distinta, y cada situación se puede abordar desde muchos ángulos. Pero si que hay un aspecto que suele ser común, y es la preocupación que puede existir con respecto al vínculo con este nuevo bebé que se está gestando.

Cuando estamos de nuevo embarazadas, no dudamos de que sentiremos por este hijo un amor infinito. Pero puede preocupar el hecho de no vincularse con él durante el tiempo que dura el embarazo. Sentimos miedo de “encariñarnos” y que también muera, porque ya sabemos que eso es algo que escapa a nuestro control y que puede pasar. Así, muchas mujeres temen hablarle, enamorarse de nuevo. La mayoría no anuncian su nuevo embarazo hasta que éste está muy avanzado. Pero los remordimientos y la culpa también suelen aparecer, porque podemos sentir que no le estamos dando a este hijo todo el amor que merece. Es una situación difícil a nivel emocional y en la que nos sentimos incomprendidas por gran parte de la sociedad.

Hoy os quiero traer un recurso precioso para reforzar ese vínculo, para dedicarte un tiempo para ti y tu nuevo embarazo. Os hablo del Belly Painting.

Hace un par de meses, me llegó un mail de Patricia, de Belly Painting Valencia, en el que me decía que podríamos colaborar de alguna manera. Y se nos ocurrió esto. Ella trabaja con las embarazadas en su estudio, les realiza una sesión de pintura en sus incipientes barriguitas (o “barrigotas”), y después hacen una sesión de fotos. Cuando entré en su web, quedé fascinada. El trabajo es espectacular, y el arte y la emoción que transmite es inmenso.

Así que nos pusimos a pensar, y ella recordó que hace unos meses realizó una sesión a una mamá, Mayte, que estaba embarazada de su bebé arco iris. Le pedimos un escrito, y aquí os lo traigo:

Después de la tormenta siempre llega la calma

“El arco iris siempre me ha parecido un fenómeno meteorológico de lo más curioso y bonito, pero desde hace dos años para mí tiene un significado mucho más especial. Desde hace casi dos años somos papás arcoíris. En el 2014 nuestra primera hija Chloe murió, estaba embarazada de siete meses.

A los bebés que nacen sin vida se les llama bebés mariposa. Chloe se puso sus alitas, le dimos sus primeros y últimos besos y se fue directa a su estrella dejándonos un enorme vacío en el alma y sumidos en una gran oscuridad. Recordar su preciosa cara era el único momento de paz que teníamos. Cinco meses después nos llegó su gran regalo, su rayito de luz, de nuevo éramos papás. Y digo éramos porque el amor no empieza con la vida ni acaba con la muerte, desde ese instante nos acabamos de convertir en papás de un precioso arcoíris.

Los bebés arcoíris son los que nacen después de una pérdida, los que devuelven a las familias la luz, la alegría, la esperanza, sin olvidar la tormenta anterior, por lo que hemos pasado.

Fue un embarazo precioso lleno de miedos, no lo voy a negar. Cada ecografía era un infierno. Pero lo disfrute al máximo, hice de todo con mi barriga, fotos, moldes, pinturas…quería tener todo tipo de recuerdos. Así es como conocí a Belly Painting Valencia, ellas me pintaron la barriguita con la temática que más nos podía identificar, el arcoíris. Las fotografías de esta sesión reflejan el amor que sentimos hacia nuestras hijas. Quería compartir con mi niña la felicidad que sentía cada día.

¡Si! ¡De nuevo niña! Ella iluminaba nuestros días y hacía crecer la esperanza, esta vez, todo iría bien. El 5 de agosto del 2015, en el mismo hospital donde su hermana nos dijo adiós, le dimos la bienvenida a nuestro arcoíris, tras un largo parto que acabó en cesárea supongo que por mi bloqueo emocional.

Audrey llegó para quedarse. Y nuestro mundo nada más verle la cara se llenó de color. Esa sensación de pureza, como el olor a tierra mojada cuando llueve… como el brillante arcoíris que se dibuja en el cielo tras una horrible tormenta. Esa es la sensación.

Es el sentimiento que te recorre el cuerpo cuando tienes a tu bebé en brazos, mirándote, y recordé inevitablemente a Chloe… y le di gracias por este maravilloso regalo, porque su tormenta no sólo han sido truenos y oscuridad. Porque su partida nos ha hecho apreciar aún más la vida.

A menudo la gente te dice que con el nuevo bebé podrás superar la pérdida y se equivocan, nunca se supera la muerte de un hijo, sino que se aprende a vivir con ello. Los arcoíris nos ayudan a levantarnos por la mañana con un motivo más para sonreír.

Soy Mayte, mamá de Chloe y Audrey. En el cielo y en la tierra.

Este precioso texto es el relato de una madre que ha vivido la muerte y la vida de sus dos hijas. Y suscribo cada palabra, cada emoción, porque yo también lo sentí así.

Un nuevo embarazo después de una pérdida no es fácil de sobrellevar, pero como veis, hay maneras de disfrutar también de este nuevo proceso con ilusión y entusiasmo, para contrarrestar el miedo, para pelear contra la sombra de la muerte.

Espero que os haya gustado leer a Mayte tanto como a mí, y espero que este recurso que os traigo os pueda dar una idea para vivir plenamente vuestro embarazo arcoíris.

Gracias  a Patricia de Belly Painting Valencia y gracias a Mayte por su enorme colaboración.

 

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Ya tiene un hermano

A veces nos queremos planificar tanto la vida que se nos olvidan cosas. Como por ejemplo, que los hijos no son un número. No sé cuántas veces he escuchado eso de “Le tienes que dar un hermanito, no lo puedes dejar solo”. Y no es que me lo hayan dicho a mí, es que lo he escuchado decir a casi todas las mujeres que sólo tienen un hijo vivo.
Todo planificado: “me quiero casar a los 26, quiero tener dos hijos y que no se lleven mucho entre ellos…” Déjame decirte algo: no siempre vas a poder decidir.
No, los hijos no son un número. No sé si me quedaré con dos, no sé si Gary se llevará mucho tiempo con el tercero. No sé siquiera si habrá un cuarto también. Porque he aceptado que no siempre decido yo, la vida no es tan simple (por suerte). Y por otra parte, me niego a traer otra vida al mundo solamente para que Gary no esté solo. Otra vida ha de significar otra personalidad, otros deseos, otras ganas de crear por sí misma…no para Gary. Pero es que además, ¿sabéis qué? Que Gary ya tiene un hermano…
Tiene un hermano distinto, un hermano intangible, más especial. Un hermano que no le dará collejas ni peleará con él por el mando de la tele. No le enseñará la comida de la boca cuándo yo no esté mirando, no jugarán  juntos al fútbol. No le contará experiencias con las chicas, no lo sacará de líos. No habrán peleas de hermanos…ni risas tampoco. Pero su hermano siempre estará presente.
Son muchos (mas bien muchas) los que me preguntan si algún día le hablaré a Gary acerca de Jael, si le contaré que tiene un hermano fallecido. Y mi respuesta siempre es la misma: “YA LO SABE”.
Lo sabe, ¿Cómo no iba a saberlo?. Desde que estaba en mi vientre lo sabe. Me escuchaba llorar por su hermano mientras lo acariciaba, le expliqué mil veces que no era por él. Le explicaba también que no era un hijo de sustitución, no lo era. Porque nadie podría suplantar nunca a ninguno de los dos.  Me escuchó pedirle otras mil que por favor se quedara con nosotros. Y sintió como escribía un “Por si no te quedas” que por ahí sigue escrito. Sintió mi miedo, mi ansiedad. Me sintió contar sus movimientos casi de forma obsesiva, y seguramente por eso era tan inquieto, para tranquilizarme. Notó la esencia y la protección de su hermano, estoy segura. Porque Jael vivía y vive dentro de mí, como lo hizo él.
Y después, ya en mis brazos, me vió llorar cientos de veces en ese postparto ya tan lejano pero tan y tan difícil…Y sabe que no era por él, era porque descubrí todo lo que me había perdido con Jael. Porque lo miraba y veía el tremendo parecido de ambos, la misma sonrisa refleja. Porque lo amamantaba y recordaba que con su hermano no pude llegar a hacerlo.
Sabe que tiene un hermano porque en casa estan sus cosas, las pocas que tenemos: sus huellas, sus fotos, su peluche (el único regalo que recibió). Me consuela cada vez que los recuerdos no me dejan sonreir. Si, me consuela, él a mi. Y sonríe cada vez que nombramos al “tete”. Aunque no le gusta nada ver sus fotos, imagino que le da impresión verlo tan pequeño y lleno de cables.
Lo sabe, porque me ve escribir sobre ello. Porque me acompañó (y lo seguirá haciendo) a la Suelta de Globos del año pasado y me vio encender nuestra vela para la “Ona de Llum”. Y porque lo seguiremos haciendo todos los años mientras pueda.
Sabe que tiene un hermano porque me ve constantemente intentando no sobreprotegerlo. Si, porque la sombra de la muerte siempre ha estado presente para mí, desde que Gary era microscópico. Y desde que nació hago un esfuerzo sobrehumano para no permitir que esa sombra y ese miedo se apoderen de nosotros, y dejarlo crecer libre. Porque muchas veces, si me dejara llevar por mi instinto, Gary no haría nada más que estar sentado. Y por supuesto, no puedo permitirlo. Pero eso no significa que no me cueste un mundo. Ningún hijo merece crecer a la sombra de un hermano muerto…pero sí a la luz. 
Quizá por eso, porque lo sabe, es un niño aún mas especial, sensible y cariñoso. Quizá por eso su canción favorita siempre ha sido “Estrellita dónde estás”. Y seguramente por eso esperó a nacer un jueves a las 11:20, igual que su hermano.
En cuanto a contárselo todo…claro que lo haremos. No sé cuándo ni cómo. Posiblemente lo haga en forma de cuento en un par de años, creo que sería una forma preciosa. O quizá esperemos a que sea un poquito más mayor. Los detalles más violentos sí es posible que me los reserve o que los suavice un poco. Como os digo, no me gusta planificar tanto estas cosas.
Lo que sé seguro es que Gary llevará por siempre la impronta de su hermano. Que será su guía y su consuelo en el camino, que hablará con él en silencio, como lo hacemos todos. Estoy segura de que les hablará de Jael a sus amigos, a su pareja cuando la tenga, y a sus hijos (si los tiene). Que siempre tendrá presente que hay alguien velando por sus sueños.
Y que siempre vivirá a la luz de su hermano mayor.

Gary y su madrina Andrea, en la Suelta de globos de la Diada de “Petits amb Llum”, escribiendo la targeta del globo de Jael.
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Arco iris en camino

Positivo. ¿Lo es realmente? Si, eso parece. E inmediatamente se remueven en mí ideas fascinantes y aterradoras a la vez. 
Embarazada de nuevo. Ocho meses, ocho larguísimos meses de búsqueda, de tests de embarazo con una sola raya. De comentarios sobre cuándo íbamos a tener un hijo (OTRO hijo), de mentir y decir que ahora no era el momento. Y ahí estaban, las dos deseadas rayas rosas. 
¿Qué hacemos ahora? Olvidemos la moto, vamos en coche. Se lo contamos a los mas cercanos y pedimos, por favor, que no se lo cuenten a nadie. Nuestro secretismo no es por capricho, es que no podríamos soportar de nuevo el “sois muy jóvenes, ya tendréis otro”. Porque si, puede volver a pasar.
Vamos a pedir visita al gine, necesito la heparina ya. Me derivan a alto riesgo en seguida. Semana 7, primera eco. Que esté vivo, que haya latido, que esté vivo… Y lo está. Mis dos gramitos de vida, mi nuevo aliento, ahí está.
Van pasando los días y con ellos van creciendo los miedos. Voy al baño y cada vez me repito el mismo mantra: que no haya sangre, que no haya sangre. No la hay. Me duele un poco, ¿será normal? Voy a buscar en Internet. Y hago todo lo que esté en mi mano. No fumo, no bebo, no como jamón, no cojo peso, no ando mucho…pero no duermo, porque no puedo. Rezo aunque no creo en Dios, le rezo al Universo, a Jael, a mi abuela…por favor que este bebé se quede conmigo.
Semana 12, toca eco y resultados de análisis. Que todo esté bien, que esté vivo. Y lo está. Me derivan a ARO de la Vall d’Hebron. Esta vez lo hemos hecho a tiempo. 
Hemos superado el primer trimestre, el más difícil, en el que más bebés “se pierden por el camino”, pero los miedos siguen ahí. Porque entre ecografía y ecografía, no sé si mi bebé está bien. ¿Y si ha muerto al salir de la consulta? Aún no noto nada. 
Semana 20, sigo sin notarlo. Quizá sean esas burbujitas, pero no lo sé. Estoy tan atascada que ni me fijo, la verdad. Se me nota cada vez más la tripa y no me parece motivo de alegría. Tripa que, por otra parte, está tan llena de moratones que no sé dónde pincharme ya. Y aún me quedan 26 semanas más de heparina. 
Esta eco es crucial, y llevo dos semanas al límite de estrés pensando en las mil enfermedades que mi bebé podría tener. Quizá no haya latido. Pero si que lo hay. Todo está perfecto. ¡Es otro niño!
Semana 26. Este es mi límite. Si pasamos de esta semana, empezaré a disfrutar de mi nuevo embarazo. Porque en esta semana nació Jael y por eso murió. Pero superamos la semana y sigo sin disfrutar. No soy una embarazada feliz. No tengo una fe ciega en que en unos meses tendré un bebé en brazos. Porque he aprendido que los bebés también mueren, y no sólo por nacer prematuros. Martina murió a los dos días de nacer. Javier murió en la semana 32, en el vientre de su mamá. Eso también me puede suceder a mí, lo tengo claro.
Que no haya sangre, que no haya… Ya hace semanas que lo noto. Tengo la gran suerte de ver a mi niño a través de la pantalla casi cada dos semanas. Aunque a veces es agobiante, merece la pena solo por la tranquilidad que me dejan los médicos durante un par de días. Yo deseaba parto natural, pero ha de ser cesárea programada. Que me abran en canal si quieren, pero que nazca vivo.
Absolutamente nadie conoce mis temores realmente, y cuando intento explicárselos a alguien no encuentro mucha comprensión de vuelta.
Nadie se imagina que me siento culpable por estar embarazada. Que me siento desleal a Jael y que me mata el sentimiento de que si Jael se hubiera quedado, Gary no estaría aquí.
     
Semana 30. Hace media hora que no se mueve. No se mueve. Le doy golpecitos y como chocolate. ¿Voy a urgencias? Espera, ya se ha movido. 
Así paso los días. Lloro mucho a escondidas, me acuerdo mucho de Jael y le hablo, le recuerdo que por muchos bebés que vengan él siempre será el primero. Y le hablo a Gary también, y le aclaro que él es único y especial y que no viene a sustituir a nadie. 
Mi barriga es enorme y ya no hay lugar a dudas. La gente me mira con los ojos encendidos de alegría, y me dicen cosas como “¿Ves como esta vez si?”. Una tipa hasta me ha dicho “A ver si a éste lo vemos correr por aquí pronto”. Gilipollas.
Parece que me voy haciendo a esto, que empiezo a disfrutarlo y a llevarlo con más alegría. preparo su ropita, su cuarto, sus cosas. Todo lo que no me atreví a hacer con Jael. Mi bolsa del hospital lleva lista desde hace mucho, por si pasaba algo. Por si este bebé también se moría. Tengo menos miedos, la sombra de la prematuridad extrema ya se ha marchado. Menos batallas posibles. Pero sueño mucho con la sangre. Sueño mucho que voy al baño y estoy sangrando a mares, y me digo a mí misma que ya no estoy embarazada, otra vez. Y me levanto de un salto a comprobar mis sábanas.
Semana 38. Me han programado la cesárea para la semana que viene. Estoy contenta a la vez que impaciente. Todo está listo, sólo falta él. Pero quiero ponerme de parto antes. Quiero darle a mi niño un recibimiento más lento y más fluido, no quiero que lo arranquen de mí como a Jael. Pero no hay ni una contracción. Se mueve muchísimo y me deja tranquila, al menos en parte, porque yo sigo contando movimientos.

Una parte de mí sigue pensando que todo puede acabar mal, por mucha fe que le intente poner. He perdido la inocencia y creo que para siempre. Porque los hijos también mueren. Yo también puedo morir en el parto, esta idea me ronda últimamente la cabeza.

Semana 39. Un jueves a las 11:20, igual que su hermano. Nuestro niño ya está aquí, y está vivo y sano.
Para los demás, un final feliz. Pero esto no es un final feliz, el único final feliz que se me ocurre es imposible. Ni siquiera es un final. Para mí es un nuevo comienzo, un rayito de luz que llega para demostrarme que todo es posible, y que hay amor de sobras para el cielo y para la tierra.

(El parto y el postparto los dejo para el próximo post!)